«El amor hacia la Virgen del Pilar es lo que nos mueve. El 12 de octubre es el día más especial del año y ver ahí, a mi marido, hijos y nieto me emociona. No hay momento más bonito en todo el año y estoy segura de que este sentimiento es compartido por todos los calandinos». Son las palabras de Julia Sanz, una de las 17 voluntarias que se encarga desde hace más de 25 años en ayudar en el proceso de colocar las flores a la virgen, una después de otra, con la misma suavidad, cuidado, delicadez y cariño de siempre.
Esta es una tradición muy arraigada en el pueblo y se inició en 1960 cuando Serafín Espada era por aquel entonces el alcalde de Calanda. Con el paso del tiempo han sido muchos los elementos que han ido cambiando y evolucionando. Entre ellos, la plataforma en la que se apoyaba la virgen, que durante una época estaba formada por dos remolques de tractores. Es tan fuerte el sentimiento entre los calandinos, que Sanz no recuerda ningún año en el que se haya suspendido esta cita, a excepción del 2010, cuando las fuertes lluvias obligaron a retrasar la ofrenda al día siguiente, pero a pesar de ello se pudo celebrar.

Al final, son muchos los que acuden el día del Pilar, pero solo ellos, un grupo de voluntarios, los que minuciosamente le dan color a la virgen gracias a las flores del resto de vecinos. «No sé la cantidad de ramos que podemos llegar a tocar durante toda la jornada. Estamos muy concentrados y todo el rato de espaldas. Lo importante es que al final siempre se llena y alegra mucho», dice la calandina.
La jornada se inicia pronto en cada una de las casas de los voluntarios con todos los preparativos del traje, que suelen elegir llevar mantones cómodos para trabajar con mayor facilidad y es a partir de las 11.00 cuando la plaza se empieza a llenar. La brigada municipal se encarga de colocar el altar de la virgen y los voluntarios solo «les piden agua fresca porque con el sol y la emoción del momento se pasa mucho calor». Se dividen las tareas; unos se dedican a recoger los ramos, otros a ayudar a la gente a subir y bajar las escaleras y el resto a colocar, desmontar y seleccionarlos, como es el caso de Julia. «En el mantón solo van las de color amarillo, rojo y blanco y el verde se tira con el plástico», detalla Sanz.
De aquel grupo inicial de voluntarios ya no queda nadie dentro, ya que han paso do muchos años, pero el relevo generacional «está más que asegurado». De hecho, fue justo el hijo de la propia Julia la que la animó a ella a colaborar y ahora lo hace también su otra hija y el marido de Julia. «Están entusiasmados y ellos mismos son los que intentan cazar a sus parejas y amigos. Al final, lo que nos mueve a todos es el amor hacia la virgen y eso siempre estará ahí», concluye.









