En La Cañada de Verich las horas se pasaron en la calle este fin de semana. Y se pasaron rápido, como siempre pasa en toda fiesta y más todavía si el clima y el ambiente acompañan. A Santa Ana le rindieron honores los vecinos del pueblo y también de otras poblaciones cercanas, que saben que a finales de julio hay que hacer parada en La Cañada. Allí se encontraron con sesiones de bailes a base de orquestas y discomóviles, y por el día, desfiles de disfraces para los más pequeños con su chocolatada -que eso siempre entra bien sea invierno o verano-, competiciones de guiñote, vermús y fiestas de la espuma para bajar los grados que por el día siempre aprietan aunque por las noches los termómetros dieron una tregua.
Para los más taurinos hubo también una sesión de suelta de vaquillas y becerras en una plaza portátil. Fue el turno de que los mayores se disfrazasen con temática libre y más de uno se animó y bailó al son de la charanga Picha - Palo de Berge. Fue el acto programado para la tarde del sábado, una jornada que empezó con la inauguración del reformado bar y con una misa baturra con su procesión por las calles del casco urbano. Las jotas volvieron a sonar, a entonarse y a bailarse en esas mismas calles un día después, la tarde-noche del domingo como cierre a los festejos. Fue con una ronda a la que unió todo el que quiso en un pueblo donde el folclore aragonés siempre tiene un hueco más que destacado.
Los reyes de la fiesta
Todos estos festejos tuvieron un reinado. Esta vez, el honor ser el rey y la reina de las fiestas de La Cañada de Verich recayó en Antonio Serrano y Carmen Lamarca, que recibieron de buen grado sus coloridas bandas la tarde del viernes en el pregón, momento en el que también se desveló su identidad a todo el pueblo. Mientras ellos recibían las felicitaciones, en la plaza se libraba la primera competición de las fiestas como fue el concurso del porrón, que también tuvo su versión infantil tirando de botijo y entre mucha expectación.










