En su cocina los tomates guardan el reflejo de la luz natural. Nunca se apaga sea de día o de noche, siempre están esplendorosos. En otra habitación pueden olerse los ajos y pueden escucharse los pasos de quien los sujeta. «Es mi suegro», explica. Con su mano, su sensibilidad y sus pinturas, Goya Bayo Marín (1952) ha encapsulado en el tiempo la esencia de cada escena.
Con sus cuadros es fácil verse en un huerto de tomates o entre olivos. Dibuja desde niña y esa destreza se ha ido agrandando y diversificando con el paso de los años a base de ir a clases siempre que ha podido. «En el colegio siempre salía a la pizarra si había que dibujar, mis hermanas también pintan muy bien y tengo el recuerdo de mi padre que era ebanista dibujando para sus cosas de muebles», asegura. Su vida laboral está cosida con agujas e hilo como técnico de Corte y Confección. Se sacó el título en la Universidad Laboral de Zaragoza en horario nocturno mientras trabajaba en un taller de costura de mañanas.

Este trajín le hizo aparcar las clases de dibujo de las tardes a las que se había apuntado en la Escuela de Artes. Su regreso fue en Almudévar, el primer pueblo donde vivió por el trabajo de su marido. «En los pueblos entonces no había mucho para elegir y había un chico que hacía plumilla. Igual de otra manera no la hubiera probado porque no había hecho y me gustó», apunta. Allí, y ya con un hijo, dio clases de corte y confección, además de seguir cosiendo en casa para un taller de Zaragoza.
Llegó el traslado a Alcañiz, donde se apuntó a pintura en tela en la asociación de amas de casa. «Tampoco había hecho y también me gustó. A mi hijo le pinté camisetas». ríe. Compraron una casa en Valmuel y ya han pasado 39 años. La combinan con la de María de Huerva en Zaragoza, cerca de sus nietas. «Pero Valmuel es mi pueblo», aclara. No solo en casa hay obras suyas, también en varias vecinas que ha ido pintando en las clases por petición o como regalo.

«No me parece que haga nada extraordinario, pintar es mi vía de escape de la rutina. He pintado mucho, sobre todo de tarde y noche porque me relaja», reflexiona. Hace años que no toca el óleo, el acrílico no le disgusta pero no acaba de hacerse con las mezclas de color. Ha hecho grafito, pastel y acuarela, que le parece lo más complejo, aunque quizá el año que viene tome clases. «Me falta atreverme a hacer más contraste, peco de eso y de darle demasiados detalles», analiza. Ella es su mayor crítica, aunque si se para a pensar, considera que «igual no está tan mal». Y con el tiempo se ha dado cuenta de que nunca ha sido muy de acatar la norma.

El dibujo sigue siendo su predilección y los lápices de colores de madera son ahora sus herramientas preferidas. Aprende en cada clase, por eso le gusta ir, pero con quien más disfruta, además de que también aprende, es con sus dos nietas de 12 y 8 años. «Con ellas sí que he dibujado mucho desde que eran pequeñas. Así nos entreteníamos, y lo que más me gusta es pasar tiempo con ellas», sonríe.







