Desde mayo del pasado año la geganta «Espina» de Calaceite luce una nueva imagen gracias al trabajo voluntario de un grupo de vecinas que, desde la Asociación de Mujeres y el colectivo de bolilleras, no solo impulsaron, si no que llevaron a cabo una restauración artesanal cuidada y con esmero. La figura, que junto a su compañero Roque, representa a los 'Gegants' del municipio, se habían visto apagados a causa del paso del tiempo que había hecho mella en ambos, impidiendo que lucieran en todo su esplendor, de ahí la importancia de su trabajada recuperación que les ha devuelto su protagonismo perdido tras años de deterioro visible. «Le hicimos a Espina la mantellina que lleva encima con bolillos durante la pandemia», explicó María Vallés, una de las promotoras de esta intervención, realizada en paralelo a otros proyectos textiles de la asociación.
La restauración no solo ha supuesto una mejora estética, para ambos emblemáticos gigantes, si no que ha reactivado la participación social en torno a unas figuras tradicionales que forman parte del imaginario festivo del pueblo y que no podían caer en el olvido
Una iniciativa que nace del tejido asociativo local
La implicación de las mujeres de Calaceite en el cuidado y conservación de los 'gegants' no es nueva. En el año 2000, cuando las figuras se encontraban muy deterioradas, fue también el impulso vecinal el que permitió recuperar su uso. «Nos pasamos todo el verano por las tardes cosiendo», recordó Mari Carmen Fontcuberta, que participó en la confección de los trajes originales, así como muchas más vecinas que se entregaron encantadas a la ardua tarea de recuperar sus preciosas figuras.
La iniciativa surgió de la propuesta de María Asunción Cabello, comerciante local, que se ofreció a costear los materiales para confeccionar la vestimenta si la Asociación de Mujeres se hacía cargo de confeccionarla. Aquella estupenda colaboración derivó en una restauración integral, que incluyó desde los tejidos regionales hasta la recuperación de la estructura de las figuras. «Teníamos una modista en la asociación y profesionales de la máquina de coser, así que lo hicimos todo a medida», añadieron no sin remarcar las dificultades a las que hubieron de enfrentarse, debido a la gran envergadura de las figuras y su difícil manejo.
Las figuras, bautizadas como Espina y Roque, fueron un regalo de los calaceitanos ausentes, en cuyos corazones se mantiene vivo el vínculo con el municipio. «Los regalaron los calaceitanos que viven fuera, que tienen raíces aquí y vienen para fiestas», detalló Fontcuberta emocionada.
Restauración integral: trajes, pelucas y recuerdos
La transformación más reciente ha sido fruto de un proceso progresivo y artesanal, como en su primera fase. Además de la mantilla hecha con bolillos, Espina luce ahora una nueva peluca encargada a una peluquera local. «La peluca es guapísima, hasta me sabe mal ponerle la mantellina encima, para no taparla, pero bueno, tiene las dos cosas guapas», señaló Vallés, encantada del aspecto que luce actualmente la Geganta.
La intervención también ha alcanzado a Roque, cuyo cabello fue renovado este año, como el de su compañera de fiestas. La financiación de ambas pelucas corrió a cargo del grupo de bolilleras, gracias a los fondos recaudados en sus actividades anuales. La peluca de Roque costó 600 euros, mientras que la de Espina superó los 650 euros. «Hacemos como las hormiguitas, ir guardando dinero para luego hacer este tipo de cosas», relató Vallés, quien también confeccionó un pañuelo de bolillos que Espina lleva colgado de la mano, prenda que según sus palabras se asemejaba más a un mantel, por su tamaño, que a un pañuelo, debido a la enormidad de la figura.
Más allá de las mejoras textiles llevadas a cabo, las vecinas también contribuyeron a la restauración de las caras, dañadas por el paso del tiempo, e incluso al diseño de accesorios como el ramito que porta Espina. «Las caras tenían agujeros, las restauramos prácticamente por completo», comentaron.
El mantenimiento es ahora una tarea pendiente y colectiva
Las tareas de conservación no están institucionalizadas y dependen del compromiso vecinal, tal como explicaban las amas de casa. La falta de una estructura formal de mantenimiento provocó pérdidas temporales, como la del manto de reina o el extravío de trajes de los Gegants, que más tarde fueron encontrados por casualidad en un almacén municipal. «Estaban hechos cisco. Alguien metió esos trapos viejos en una caja, desconociendo que se trataba de la ropa de las emblemáticas figuras y ahí se quedaron en el olvido», comentaron.
La realización del vestuario se convirtió en algunos momentos en una pesadilla para las mujeres que se ocuparon de ello, incluso en una ocasión, las modistas necesitaron ayuda de los trabajadores que arreglaban la plaza para poder sacar las figuras de su almacén y de esa forma poder tomar las medidas de los Gegants. «Gracias a ellos, que nos prestaron una escalera, pudimos hacerlo», recordaron entre risas.
Preservar el legado, entre la nostalgia y el relevo generacional
Aunque varias de las mujeres que lideraron estos trabajos han decidido apartarse debido a su edad o estado de salud «ya me veo mayor para seguir con esto», confesó Fontcuberta, el relevo generacional planea sobre el horizonte como un rayo de esperanza. «Confiemos en que sigan los pequeños y pequeñas con la tradición», expresó Vallés, convencida de que el trabajo manual y la cultura popular seguirán unidos si se transmiten desde el tejido vecinal.
Las bolilleras ya proyectan nuevos detalles que seguir implementando. «Llevan muchas puntillas, en los puños, en el cuello... ya iremos haciendo», adelantó Vallés, que no descarta futuras incorporaciones de encaje en el vestuario.
Los Gegants de Calaceite no solo desfilan durante las fiestas de agosto, haciendo las delicias de grandes y pequeños. Su presencia en el pueblo está cargada de simbolismo ya que representan el lazo entre generaciones, el papel del voluntariado y el valor del patrimonio inmaterial que se mantiene gracias al trabajo de base.
El caso de Espina y Roque ejemplifica perfectamente cómo una comunidad pequeña puede movilizarse para conservar su identidad. Un gesto que, lejos de ser anecdótico, se convierte en una expresión tangible de afecto colectivo, sostenida por el hilo, la aguja y la memoria.
















