Hay lazos familiares que pueden crearse desde cero y mantenerse a pesar de la distancia o el tiempo. Así lo sienten Merche Guimerá, Rafa Guardia y Sara Clavero, de Valderrobres y Caspe, quienes llevan varios años pasando cada verano con Mahmuda, Marian y Nasrat, niñas refugiadas saharauis que ya consideran familia. «Vivimos el resto del año esperando a verles. Y cuando no están, intentamos mantener el contacto por teléfono y videollamadas», afirman emocionados.
Las pequeñas se encuentran desde esta semana con sus familias de acogida como parte del programa ‘Vacaciones en paz’, un proyecto solidario de acogida temporal a través del cual este año Aragón ha recibido a 120 niños y niñas. El objetivo del mismo es que los niños puedan alejarse durante unos meses de las duras condiciones del desierto y la guerra para disfrutar del verano. Y en los pueblos, la libertad en las calles y cercanía de sus vecinos son dos factores más a su favor.
Ir la piscina, al río o disfrutar de las fiestas patronales son solo algunas de las actividades que marcan el calendario de familias que intentan tener plena disponibilidad para acompañarles. Aunque es cierto que los padres han descubierto que mucho más allá de «enseñarles el primer mundo», lo mejor de este intercambio es el afecto que se crea desde el primer momento con los niños. «Vas con unas expectativas que, en nuestro caso, cambiaron mucho cuando la conocimos», defiende Merche Guimerá. «Esperas que se asombre con cosas como ver una nevera llena, pero no es tan así. Los niños saben dejar claro qué es lo que les apetece y cómo se sienten desde el principio. Y aunque Mahmuda es algo más tímida, también nos lo sabe trasmitir».
En el territorio hay otras familias que también han querido adherirse al programa, como una en Alloza. No obstante, es cierto que el número de participantes ha descendido en los últimos años. «Antes lográbamos gestionar la llegada de más de 50 niños a esta zona, pero eso ha cambiado», explica Manuel Pascual, presidente de la asociación Lestifta, encargada de gestionar el proyecto solidario en Teruel. El tiempo que hay que dedicar a los menores influye, así como el desconocimiento del proyecto. Pero aun así, los implicados animan a que otros apuesten por sumarse: «Lejos de pensar que estás haciendo algo importante, lo más importante es el sentimiento que se crea. Es tremendo. Pasa de ser alguien que no conoces, a un familiar más».
Llegados desde el desierto
Los niños que llegan a través de este programa viven en campamentos de refugiados del sur de Argelia, donde las situaciones de vida son mucho más complicadas. «Si el verano es duro aquí, hay que imaginárselo en el desierto. Además, son zonas en conflicto constante», explican Rafa Guardia y Sara Clavero, quienes además advierten que en este último tiempo la situación ha empeorado. «A raíz de que quieren hacer en Marruecos un mundial se están complicando las cosas. Y precisamente el programa también tiene como objetivo dar visión a un conflicto que lleva ya más de 40 años y que parece no tener solución».
En el caso de su familia, llevan cuatro años participando en el proyecto solidario, siempre recibiendo a Marian y Nasrat. Cada verano intentan que puedan hacer alguna actividad diferente, y este optarán por el patinaje. Además, también disfrutarán de reencuentros y otras cosas que ya conocen de sobra en Caspe, como sus fiestas patronales.

El resto del año, tanto Sara como Rafa intentan mantener la máxima relación con ellas. «Gracias a dios, con los móviles no perdemos contacto», cuentan. Sara, además, suele hablar hasta con familiares de las niñas. Además, no descartan hacer un viaje para poder conocer su hogar. «Hablar con el resto de la familia es necesario porque, a pesar de todo, somos dos culturas diferentes. Tienen sus inquietudes. A las niñas, por ejemplo, les sorprende toda el agua que tenemos aquí, y eso que somos una de las zonas más secas de Aragón», señalan.
Familia desde el primer momento
El cariño y los esfuerzos para que disfruten al máximo también se viven en otras familias como la de Merche Guimerá, quien conoció hace años el programa. Este es el tercer año que reciben a Mahmuda, pero toda la familia recuerda cada paso que tuvieron que dar el primer verano en el que llegó hasta Valderrobres. «Cuando nos enteramos que venía una niña, fue emoción total. Te imaginas desde un primer lugar todas las cosas que harás con ella».
Lo que más les sorprende a su familia matarrañense es la capacidad de la pequeña para retener el español, los nombres e incluso las bromas internas. Además de con ellos, también ha conseguido establecer lazos con otros niños del pueblo, especialmente con su amiga Bianca. «El primer día que llegó esta semana ya estaba hablando de ella», cuenta.
Igual que Sara y Rafa, Merche también mantiene el contacto durante todo el año hablando con parte de la familia de Mahmuda. Y aunque estén lejos, explica, siente que sigue cerca. «Te acuerdas de su cumpleaños, de fechas especiales...Sale en conversaciones aunque no la veamos», reflexiona. Para ellos, el aprendizaje sigue siendo mutuo. «Los niños te sorprenden, y el cariño todavía nos sigue abrumando. Mi hija siempre me lo dice: ‘mamá, nos ha tocado la mejor niña’», concluye.










Me parece estupendo, mientras otras personas y grupos políticos en Caspelandia se dedican a expandir el racismo y la xenofobia, otras se dedican a este tipo de cosas altruistamente. Mas amor y menos odio. Que cunda el ejemplo. Ole por ellos!!