Era su ilusión. Se había prometido a sí mismo que el día que se jubilase, si tenía tiempo y ocasión, aprendería a pintar. Desde crío en el colegio en su Mazaleón natal, José Gabriel Falgás Esteban (1953) había mostrado habilidades, pero «al final, por cosas de la propia vida, eso se va aparcando». El caso es que lo ha podido cumplir, y calcula que llevará alrededor de medio centenar de cuadros.
Aprendió en Maella, la localidad en la que se casó y donde su familia ha regentado un comercio toda la vida. Decidió hacer caso a Lara Bondía, que trabajaba con ellos y que formaba parte de un grupo que se reunía en un local para recibir unas clases. «Al final, fui una temporada. Estuve muy a gusto y aprendí mucho con la profesora, una chica que venía de Escatrón, pero con la pandemia aquello terminó», recuerda, pero él continuó en casa «haciendo garabatos», añade sin darse un ápice de importancia, ya que no considera que haga nada extraordinario.
La jubilación llevó al matrimonio a incluir en la ecuación Zaragoza, y ahora reparten su tiempo entre los dos pueblos y la ciudad, donde Falgás se inscribió en más clases. Lo hizo en la parroquia de su barrio, con una señora que las impartía y durante año y medio estuvo acudiendo un día por semana. «Entre las nociones de una profesora y de otra, yo he ido haciendo, he aprendido de las dos», sonríe.
Pinta en óleo, ha probado acuarela pero sigue prefiriendo óleo, una técnica que agarró con fuerza desde el principio en sus clases. «Empecé por el tejado, eso me decía Ana, la profesora de Escatrón, porque me fui directo a reproducir un cuadro de Sorolla con unos bueyes en la playa», explica divertido. «El cuadro quedó bonito, pero mi mano hizo muy poco, la profesora es la que tuvo el mérito», añade desde la humildad de quien acude a aprender con todos los sentidos en guardia. «Eso me sirvió para matar el gusanillo y coger confianza en que sí, en que lo que tanto deseaba podía hacerlo», admite.

Pinta «de todo un poco», especialmente paisajes o escenas costumbristas y tirando a estilo clásico. Muchas veces recrea obras conocidas, pero siempre dándole el toque propio. «Vas encontrando caminos en los que te encuentras más cómodo. A uno de los últimos le di tonos más azules y cuando lo miro me siento muy a gusto. Hice varios así y en cuanto retome la pintura seguro que tiraré por azules y blancos, que son los tonos que más me gustan», apunta. Dice que retomará los pinceles, porque desde hace un tiempo los ha aparcado por el bolígrafo y el papel.
Cada día escribe un rato, busca la ocasión y el momento, y va anotando sus inquietudes. Le hizo caso a su yerno, que le instó a que escribiera las cosas que contaba de casa, sus vivencias y, sobre todo, cómo era la vida en sus pueblos cuando era niño. Comenzó por los árboles genealógicos de su familia y la de su mujer y ha conseguido retrotraerse entre seis y siete generaciones, ya que los archivos sufrieron en la guerra. Ha ido indagando y eso fue el punto de partida para seguir.
Horas entre escritura y fotografía
Para contar la historia de la familia y de las costumbres, ha recurrido a sus propios familiares, con los que ha ido estableciendo diálogos. «Me lo paso genial, porque la mayoría ya no está y ese ratico estoy con cada uno de ellos», asegura. «Ha ido saliendo muy bien hasta que llegué a mis padres, que ha sido el trago más difícil», admite emocionado.
Responde con un «no» rotundísimo a la pregunta de si piensa publicar. Aunque cualquier persona se pueda sentir identificada con lo que cuenta, esos relatos son para su familia. De hecho, tienen destinatarios: sus cinco nietos. «Quiero que mis nietos lleguen a conocer a sus antepasados y que siempre tengan presente, que si tienen la vida más fácil, se lo deben al sudor y el trabajo duro de esta gente». No ha descuidado nada, ni el contenido ni la forma de contarlo: «Está escrito en chapurriàu y en castellano, y lo estoy acompañando de fotos. En un apartado también les explico tradiciones y fiestas», detalla.
Va poco a poco pero los días se le quedan cortos. «Me gusta mucho andar, es lo primero que hago, luego estoy en casa a lo que haya que hacer, ya me pongo con mis cosas y se hace de noche. También me gusta la fotografía… Yo creía que los días de jubilado serían más largos, pero son muy corticos. A mí me faltan horas. Si alguien tiene una ilusión, que vaya a por ella», sonríe.







