«En cuanto puse el pincel en el lienzo… Uf. Solo pensé que eso me encantaba y que lo quería hacer más veces», dice. Tiene el recuerdo fresco pero lo va a buscar en un respiro hondo a la boca del estómago, al lugar donde se almacenan las ilusiones. Eso pasó en 2007. Ese pincel se quedó con ella y llegaron más. También llegaron espátulas y a veces combina ambos para extender el óleo.
Gloria Berzosa Núñez (1975) se apuntó a clases de pintura cuando se instaló de forma definitiva en Castelnou procedente de Barcelona. «Por si me aburría decidí probar», recuerda riendo, porque pronto vio que no iba a tener tiempo ni de aburrirse.

En esas clases encontró mucho más que un entretenimiento. Empezó con un paisaje «muy sencillito» y siguió con bodegones, flores, animales… Con todo lo que pudo para aprender técnica, texturas y donde se atrevió también con la espátula. «Me encantó», apunta. Así fue avanzando hasta que terminaron las clases. Frenó un par de años hasta que en pandemia ya no pudo más y metió la directa. Su renacer fue el lobo que tantas veces le había pedido su hijo. «Sacarlo sin ayuda de la profesora me dio seguridad y ya no paré», dice. Afianzó esa sensación el beneplácito de su audiencia, que le fue pidiendo piezas personales. «Cuando alguien me dice que mi cuadro le ha conectado con algo especial y que le ha hecho feliz, yo lo soy más. Es lo más grande que puedo recibir», reflexiona.
Sin embargo, en cuanto aparece la palabra artista se la coloca a otros. A las personas que son creadoras. «Yo no lo soy, yo necesito una referencia, algo en lo que fijarme pero no soy creativa y para mí esas personas sí son artistas», argumenta. También reconoce que el dibujo no es su fuerte, y que por eso toda base que hace la mejora con el óleo. Con los animales busca referencias de fotos naturales y no de cuadros, y el resultado es al detalle. Los paisajes no se le resisten y abre ventanas a los lugares más insospechados que se proponga ya sea Castelnou, Morón de la Frontera o Egipto.

Tiene la capacidad de captar justo el gesto que hace a una persona reconocible aunque esté de espaldas. «No me terminan de salir bien los rostros», confiesa. Eso le ha hecho buscar otros puntos de vista y mostrar a las personas desde otras perspectivas, algo que nunca viene mal. Y ahí tiene los cuadros de Ter Stegen y de Courtois. Ambos porteros tienen un rostro muy característico, y Gloria ha evidenciado lo no menos carismático de sus andares. Ha pintado así a amigos, familiares y a vecinos. Algunos tan queridos y añorados como Fernando Ornaque, al que pintó también de espaldas. Es inconfundible con su motosierra en San Valero.
En primavera se reencontró con casi todos sus cuadros. Hizo acopio de los que pudo contactando con las personas que se quedaron con ellos en su momento. Reunió 70 aunque su producción es mayor y buena parte se puede ver en su Instagram (@lienzosdegloria), una cuenta que no para de crecer de arte y de cariño.
También de apoyo, porque en la red ha encontrado también una comunidad de artesanos de diferentes partes de España entre los que se dan soporte y ánimo.

También se lanzan retos para crear, y eso le mantiene siempre en forma y le hace sacudirse el síndrome del impostor cuando aparece. «Cada vez que me atasco aparece. Luego cuando me sale el cuadro ya cambio de opinión», sonríe. En la exposición de su pueblo se lo quitaron a base de bien porque el público valoró el trabajo. Así lo siente ella todavía hoy porque relata esa muestra sin quitarse la sonrisa de la cara. El detalle que le gusta plasmar en los lienzos lo dejó también en la preparación de la exposición. A cada cuadro le preparó una cartela con un título, una breve descripción y un qr enlazado a una canción. Este montaje lo llevó a Samper de Calanda, a la carpa del Bar Santiago de Híjar y a La Puebla de Híjar. Esta aventura le puso en el camino a Antonio Moragriega y Chechu San Bernardino, que le ayudaron en los traslados.
Quiere hacer más exposiciones, y para eso necesita generar más obra. Siempre tiene cuadros en marcha, y más de uno. Varía las dimensiones entre grandes y pequeños, y a veces se atreve con la acuarela. Le encanta pero dice que no termina de dominarla. «Me gusta probar y me permite hacer un dibujo rápido un día que no puedo entretenerme en extender los óleos», apunta. Instagram también le obliga a no parar. «Hay que publicar contenido, el algoritmo no se puede olvidar de una», sonríe.







