«En casa siempre ha habido tambores y bombos, siempre…». Sonríe Antonio Artal al pronunciar esta frase mientras trata de identificar en su memoria cuál pudo ser el origen, si hubo alguno que fuera el primero pero no lo encuentra. Sonríe porque sí recuerda el que se fabricó. De hecho, fue un bombo. «Nos costó Dios y ayuda, pero lo hicimos», revela. «Es más, hicimos dos: uno para mí y otro para mi primo. Tendríamos 16 años y al final se rompieron, pero lo conseguimos», añade. No encuentra el origen pero sí haber vivido la Semana Santa desde niño. «Mis padres regentaban una tienda y siempre que tenían un hueco iban a tocar a la procesión, a Romper la Hora… Los hijos, como nos gustaba, ya nos metimos con unos primos en la cofradía», dice y recuerda que en ese momento había «una cuadrilla grande de zagales». La cofradía es la Coronación de Espinas, una de las que representa a La Puebla de Híjar en todos los pueblos en la exaltación en la que sea requerida. Entró en la cofradía en 1987 junto a su hermana con 11 años y con el tiempo arrastró a su mujer, Nuria Esteban. «Empezamos a ensayar los domingos y hasta hoy. Ya con doce añicos íbamos a tocar a Teruel y más sitios y pasábamos unos nervios…», ríe.
Pronto añadieron a tres más, a Sergio, que llegó al mundo en 1999; y a Martina y Marina, las mellizas que nacieron en 2009. «Venían a todas partes con nosotros, a todo. En cuanto pudieron aguantar los palillos o una maza, a tocar como todos», dice Nuria, que reconoce que ella empezó tarde, aunque la dicha era buena como dice el refrán. «En esta casa la única que no ha aprendido de pequeña he sido yo, empecé cuando conocí a Toño porque en mi casa no había tradición de tambor, pero lo cogí y hago lo que puedo», sonríe. «Bueno, pero es que para seguir el ritmo de estos, cualquiera se pone», apoya su marido en referencia a sus hijas. Las dos ensayan con la Coronación los domingos, después de viernes y sábados con el grupo de Juveniles. «Aprendemos mucha técnica y nos meten mucha caña, pero es guay, lo disfrutamos», dicen. «Se empieza el domingo después de Reyes y hace frío y hay sueño, pero ahí están en el ensayo», añade su padre.
Vivir estos días como abuelos es especial. «Como abuelos jóvenes», puntualiza divertido Sergio, el -también joven- padre de Reigan. El pequeño tiene meses pero está muy familiarizado con lo que tiene alrededor y la maza es su divertimento. Reigan ha ganado a muchas personas cuidadoras porque la Coronación es una gran familia compuesta de varias. «Siempre ha habido niños en la cofradía y estamos todos con todos, enseguida se hacen a la gente. No se nos hace raro, al revés», dice Nuria. Ya sabe Eithan, el hermano mayor de Reigan, qué se siente al ser parte del grupo desde hace un par de años y lo disfruta al máximo, tanto, que sus momentos más especiales de la Semana Santa son «todos». Es difícil quedarse con uno, aunque Sábado Santo es especial «porque todo el día se toca el tambor» y también con la cofradía llevan las flores al cementerio. «Es una procesión muy emotiva y puede venir quien quiera, si tiene ilusión es bienvenido, aunque no vista la túnica», invita Antonio, y Sergio reflexiona: «salir a tocar es estar con la gente y que al terminar te quedes con el mono de no estar juntos. Te gusta ir todos en filas de tres con los tambores a los lados y los bombos en medio y tocar por la calle. La gracia es la convivencia, eso es el tambor».







