Los tejados también pasan calor en verano, y lo sufren más de lo que piensas. A diferencia de una gotera que aparece en noviembre con la primera lluvia seria, el daño que hace el sol de julio y agosto en una cubierta no se ve. No hay señales claras, pero es un proceso lento, metódico e invisible que poco a poco va dañando los materiales: dilata con el calor del día, contrae con el fresco de la noche y el ciclo se repite durante semanas. Y cada vez que lo hace va dejando una marca más y más profunda.
Es una marca que al final genera microfisuras. Es imposible detectarlas, pero están ahí, abiertas esperando a que llegue el agua para dejarla pasar. Y esto es algo que va a pasar si no tomas medidas, porque después del verano viene el otoño y, con él, las lluvias. ¿Quieres evitar que tus tejados dejen pasar el agua por culpa del calor? Pues debes empezar aplicando buenas pinturas impermeables antes de que la primera lluvia de verdad se cuele por el camino que el verano dejó abierto.
Agosto es un horno silencioso
El Bajo Aragón es un territorio bastante exigente para cualquier cubierta aunque no lo parezca. Las temperaturas máximas que se registran en esta región se mueven entre los 39 y los 42 grados cuando llegan julio y agosto. El problema es que, mientras los termómetros registran estos números, los tejados tienen temperaturas aún más altas. ¿Por qué? Porque las cubiertas planas sin protección dejan que los materiales absorban la radiación solar directa durante horas y horas, haciendo que el tejado sea como un horno.
Los materiales de construcción se dilatan y contraen según la temperatura, y ese movimiento térmico continuo puede provocar microfisuras que elevan la probabilidad de que el agua se cuele. Es algo bastante normal y corriente, pero debe tratarse con cuidado porque, cuando se repite continuamente a diario, durante semanas, y sin solucionarse, deriva en algo peor. El material va sufriendo esa tensión y, con el tiempo, aparecen fisuras grandes y de verdad.
Lo más traicionero de todo este proceso no es solo que no se vea simple vista, es cuándo sucede. El daño se acumula durante el verano, pero se descubre en invierno, cuando ya ha llovido y la humedad hace de las suyas. Cuando llega ese momento, todo empieza a sufrir las consecuencias: la estructura, el aislamiento, los techos del interior de casa... Cuanto más tarde se actúe, más se extiende el problema y más caro es solucionarlo.
Una grieta pequeña no es un problema pequeño
El agua tiene una propiedad que la hace especialmente dañina: es extraordinariamente insistente. Una microfisura de apenas un milímetro se convierte fácilmente en una vía de filtración activa. Basta con que se acumule la humedad y con que una noche fría de octubre facilite la condensación para que el problema sea serio. Y sin necesidad de un temporal de lluvias fuertes ni vientos.
Una vez se cuela, el agua trabaja en dos frentes. Primero se filtra hacia las capas inferiores de la cubierta, generando manchas de humedad, filtraciones, moho, saturando el aislamiento, pudriendo maderas y oxidando el metal. Después, va destruyendo a largo plazo. ¿Cómo? Es un proceso algo más lento.
En invierno, el agua que ha penetrado en una fisura puede helarse. Y, cuando se congela, se expande. Así, lo que antes era una microfisura de un milímetro pasa a ser una grieta de tres. Si el proceso sigue, seguirñá creciendo y, cuando quieres darte cuenta, lo que parecía una cubierta en perfecto estado acaba con un problema estructural serio.
¿Cuándo hay que actuar entonces?
La buena noticia en todo esto es que hay un momento perfecto para actuar: el comienzo del otoño. En este momento, las temperaturas ya han bajado lo suficiente para que los materiales hayan terminado su expansión estival, pero las lluvias de verdad no han comenzado todavía. Es la ventana perfecta.
Justo en ese punto es en el que las pinturas impermeabilizantes hacen su trabajo de verdad. No son una solución cosmética. Son productos muy elásticos capaces de absorber los movimientos de dilatación que se producen en cubiertas y tejados, formando una membrana continua sobre la superficie que impide el paso del agua. Con eso se cierra el ciclo. No se repara el daño hecho por la humedad, pero sí que impide que el próximo verano vuelva a pasar en una cubierta que no está protegida.
¿Merece la pena actuar antes de que empiece a llover? Puedes preguntarle a cualquiera que haya tenido que levantar todo un tejado para llegar al aislamiento podrido. Por supuesto que vale la pena, y cuanto antes, mejor.
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