Silencio, ruinas y un paisaje abandonado en un territorio habitado ininterrumpidamente durante 800 años. Lo que hoy conocemos como "despoblación" comenzó a fraguarse en los años 60, unos años antes de que los pueblos de la provincia de Teruel comenzaran a vaciarse. Con ese éxodo no solo se perdieron habitantes, sino también una pieza fundamental del ADN turolense, las masías.
Este legado continúa vivo gracias a quienes las habitaron. Luis Ber fue uno de los últimos masoveros del Matarraña y presenció el éxodo rural: "A partir de 1965 los niños se marcharon de las masías. Mucha gente se fue a Cataluña".
Ber vivió hasta 1972 en la masía de Jasanada, en el municipio de Valderrobres, con sus padres y abuelos maternos, quienes trabajaban como medieros en la finca. Sus recuerdos de la infancia son en la masía. Entre ellos, relata que empezó a ir al colegio con seis años: "Estaba en Valderrobres y teníamos un trayecto a pie de tres horas. En el pueblo vivían mis abuelos paternos y muchos días me quedaba en su casa".
No fue hasta que cumplió los 11 años cuando pudo ir al colegio en un furgón, lo que hacía más accesible el camino. Sucedió en el curso escolar de 1968 a 1969, una fecha que coincidió con la llegada del vehículo a las masías y con el inicio de la despoblación de estas tierras.
Los primeros en abandonar la masía fueron los padres de Luis, quienes se mudaron a Valderrobres a final de los años 60 y abrieron su propia carnicería. Hasta 1972, él estuvo viviendo en la masía junto a sus abuelos maternos, ya que tenían que trabajar las tierras y cuidar del ganado.
Con su marcha al pueblo, los abuelos continuaron haciéndose cargo de la finca agrícola y ganadera. Años después, en 1984, Luis decidió comprar la masía y asumir la gestión de la finca, aunque nunca más ha vuelto a vivir allí "iba y venía todos los días con el coche". A día de hoy, la Jasanada continúa siendo suya.
Este es uno de los testimonios que pudo escucharse durante la jornada 'Pasado, presente y futuro de las masías en la provincia de Teruel', que tuvo lugar el sábado 27 de junio en La Fresneda. En la que se habló sobre la importancia de estas viviendas para el mundo rural, así como del presente y futuro que les espera.
Éxodo rural
Las masías no fueron simplemente edificios aislados, sino una unidad de poblamiento disperso, de carácter unifamiliar y permanente, estrechamente ligada a la explotación agropecuaria y forestal. Cada masovero gestionaba campos de secano, zonas de pasto, una pequeña huerta y parcelas de bosque.
Aunque hoy puedan parecer asentamientos frágiles, su resiliencia está demostrada. Permanecieron vivas desde el siglo XIII hasta la década de 1970, alrededor de 800 años. A pesar de que se extendieron por toda la provincia, su mayor concentración se dio en las comarcas de Gúdar-Javalambre, el Maestrazgo y el Matarraña.

El arqueólogo y doctor en Historia Javier Ibáñez lleva desde 1984 estudiando en profundidad las masías de la provincia de Teruel, a raíz de un Proyecto Interdisciplinar en Mora de Rubielos.
Según su análisis, el declive comenzó antes de lo que se cree, en los años 60, con la llegada de los primeros tractores y vehículos. Estos avances permitieron a los trabajadores vivir en el pueblo y desplazarse a la masía solo para la jornada laboral, rompiendo el vínculo de residencia permanente.
Desde entonces, la despoblación del mundo rural fue una realidad. En los años 80 aún había un gran número de masías habitadas, pero solo durante unos pocos meses al año, y en los 90 apenas quedaban masoveros que las habitaran.
Pérdida de patrimonio
En las ponencias, se destacó que una de las construcciones más habituales en aquellos años eran las masías fortificadas. Se diferenciaban del resto porque tenían una torre para proteger a sus habitantes de cualquier ataque enemigo. Además, constituían un elemento de prestigio, ya que pertenecían a las élites rurales, y poseían un "alto valor arquitectónico".
Sin embargo, hoy están casi olvidadas por su difícil acceso. Al estar escondidas en el monte, "la mayoría de la población ni siquiera sabe que existen estas joyas del siglo XIV", explica la arquitecta Beatriz Martín.
Martín realizó su tesis doctoral sobre el valor arquitectónico de las masías fortificadas en el Maestrazgo, por lo que conoce a la perfección este tipo de vivienda y advierte: "Estas viviendas corren un alto peligro de desaparición para siempre".

Aunque por ley deberían estar protegidas por ser consideradas Bien de Interés Cultural, la realidad es que muchas ni aparecen en los listados oficiales. La arquitecta explica que, por ejemplo, en el Maestrazgo "solo cinco de ellas aparecen en este listado, lo que hace que sea muy difícil vigilar las que no están incluidas y, por lo tanto, es inevitable su ruina total".
En las últimas décadas, el abandono y los arreglos deficientes han dañado mucho estas construcciones que han formado parte de la historia del territorio. Martín señala que "se pierde patrimonio por la falta de mantenimiento y, en ocasiones, por intervenciones poco adecuadas".
Hoy en día, muchas masías se alquilan para explotaciones ganaderas, pero los inquilinos "en general no mantienen los edificios que no utilizan". Además, quienes las alquilan no viven allí, sino en los municipios cercanos, lo que ha llevado a perder el vínculo emocional que tenían sus antepasados con la casa familiar.
Sin uso y sin el cuidado constante de sus propietarios, estas construcciones históricas están abocadas a desaparecer del mapa.










Sele podría preguntar ha este señor, si conocía todo aquel entorno, desde Alcañiz pasando por Las Ventas de Valealgorfa Valjunquera, Valdeltormo, Calaceite, Beceite. Etel, y había muchas más ventas y huertos por el bajo Aragón y siempre. Lo digo con el máximo respeto
La despoblación suele abordarse como un problema social o demográfico. Sin embargo, existe otra perspectiva que apenas se debate en España: considerarla como una oportunidad dentro de una estrategia europea de atracción de nuevos residentes cualificados. Precisamente ahí puede encontrarse una de las claves para el futuro de Teruel y del Bajo Aragón.
Desde la publicación de La España vacía, de Sergio del Molino, la sociedad española es plenamente consciente del problema. Lo que sigue faltando no es el diagnóstico, sino medidas concretas, valientes e innovadoras.
Hoy existen en el norte y el centro de Europa miles de jóvenes bien formados que, por muy diversos motivos, buscan construir una nueva vida. España reúne condiciones excepcionales para atraerlos. Es uno de los países con mayor potencial energético de Europa gracias a sus recursos renovables, y el teletrabajo ya es posible incluso en zonas rurales gracias a la conectividad por satélite. La electricidad puede obtenerse mediante energía solar; el principal reto de muchas zonas sigue siendo el abastecimiento de agua.
Los obstáculos reales son otros. Muchas viviendas vacías pertenecen a comunidades hereditarias, lo que dificulta o bloquea su venta durante años. En otros casos, los propietarios se niegan a vender incluso inmuebles en ruinas por motivos sentimentales. A ello se suman normativas urbanísticas complejas, procedimientos administrativos lentos y viviendas que carecen de autorización de uso residencial, lo que dificulta aún más su rehabilitación.
Tampoco existe una estrategia internacional para dar a conocer estas oportunidades. Bajo Aragón y Teruel siguen dirigiéndose casi exclusivamente al mercado nacional, sin aprovechar el enorme potencial que representa la llegada de profesionales europeos cualificados, especialmente aquellos que trabajan de forma digital. Aquí, en la auténtica «Toscana de España», podrían encontrar calidad de vida, tranquilidad, naturaleza y un coste de vida razonable, lejos de la congestión y los problemas de las grandes ciudades.
Por ello sería necesario un programa coordinado entre el Estado, el Gobierno de Aragón, la Diputación Provincial de Teruel, la provincia de Teruel y los ayuntamientos. Este programa debería incluir campañas internacionales de promoción en Facebook, Instagram, TikTok y plataformas especializadas; la participación activa de las agencias inmobiliarias; ayudas para la compra y rehabilitación de viviendas; programas intensivos de aprendizaje del español combinados con empleo remunerado; y una revisión de la normativa urbanística municipal para facilitar, y no dificultar, la llegada de nuevos residentes.
La despoblación no se resolverá únicamente con subvenciones. Se resolverá cuando el territorio decida competir por atraer talento, familias y emprendedores europeos que buscan exactamente lo que Teruel puede ofrecer.