La vida me ha brindado la oportunidad de vivir donde crecí. Es también una suerte, porque no todos la tienen, aunque conlleve sacrificios. Quizá para algunos sería un castigo, pero no es mi caso. Se ha hablado mucho de las ventajas de vivir en el pueblo y sin duda las comparto, pero quizá sea algo más que eso. Me doy cuenta ahora, con un confinamiento perimetral de las provincias y de Aragón que nos obliga a vivir por completo en nuestro sitio. A no poder viajar para hacer grandes compras, a no poder cruzar fronteras para visitar otros lugares. Nos circunscribe a un sitio del que no podemos (mejor dicho, debemos) salir. Entonces tomas conciencia de donde estás y de la cantidad de cosas que siempre haces fuera. Porque vivir en el pueblo ya no es vivir en el pueblo. Es dormir, pero quizá no es ni trabajar ni comprar allí, casi ni comer. Quizá esto es lo que nos permite a muchos precisamente elegirlos. El tener prácticamente todo lo que puedes tener en otro sitio pero en las calles y las plazas que ya conoces. Con tu familia cerca, con tus vecinos de siempre. Con caras conocidas aunque no sepas nombres ni apellidos. Vivir en el pueblo ya no es ir al campo todos los días, no significa necesariamente no haber conocido más mundo. Para mi supone quedarme en este pedazo de tierra y valorar las cosas que me unen a ella más que las que me separan.

Ayer 16 de noviembre fue el Día Internacional del Orgullo Rural. Lo celebré caminando por las sendas, pisando hojas amarillas de chopo con el viento y el sol en la cara, tomando café con una amiga y paseando con mis padres hasta que me encontré con mi tía, y después con mi tío. Me hubiera gustado celebrarlo también con mi hermana, pero ella todavía está en Zaragoza estudiando. Aún no ha tenido que elegir, pero entre tú y yo, ojalá también escoja estar orgullosa de ser rural.

Alicia Martín