La declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer emitida por la Asamblea General de la ONU en 1993, define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se produce en la vida pública como en la privada.”

¿Qué provoca las agresiones de los hombres en el ámbito familiar?

He leído y oído en ocasiones, incluso a profesionales, que estos hombres tienen que padecer algún trastorno mental para ser capaces de esos actos violentos y despiadados contra las mujeres e hijos y sí. Si hay hombres violentos en el seno familiar que padecen trastornos mentales, pero son una minoría.

En los años que estuve tratando a hombres que habían ejercido actos violentos en el seno familiar, no traté a ninguno que padeciera algún tipo de trastorno mental. Según algunos estudios realizados con hombres maltratadores son poco frecuentes los trastornos mentales. Si encontré alteraciones psicológicas como: falta de control de la ira, dificultad en expresión de emociones, distorsiones cognitivas sobre la mujer y la relación de pareja, déficit en habilidades sociales y en solución de problema, baja tolerancia a la frustración, baja autoestima y alcoholismo. El alcohol actúa como facilitador del comportamiento agresivo.

Estos hombres acudían a consulta, sin motivación ya que el tratamiento era impuesto, como consecuencia de su conducta violenta en el seno familiar, por mandato judicial. A pesar de no estar motivados en el tratamiento alguno se benefició del mismo y mejoró.

La mayoría eludían su responsabilidad en lo ocurrido negando su responsabilidad, culpando a la mujer e hijos de su conducta, a situaciones externas como estrés en el trabajo o a situaciones personales “estoy pasando una mala racha, no se dan cuenta y no me apoyan”.

La mayoría no había tenido problemas fuera del hogar y en el resto de contextos mostraban conductas adecuadas. Estos hombres perciben el hogar como un lugar seguro donde gozan de impunidad sus actos violentos.

Si algo sobresalía sobre todas las alteraciones psicológicas era la baja tolerancia a la frustración. La frustración es un factor que facilita la agresión, en particular la agresión desplazada o agresión orientada hacia algo o alguien que no es responsable de dicha frustración.

Las víctimas, las mujeres y sus hijos,  mostraban mucha y variada sintomatología. Estas mujeres e hijos viven en un estado en el que no pueden predecir ni controlar los acontecimientos que configuran su vida. La conducta agresiva de su pareja o padre es impredecible, depende de causas externas a ellos. Poco a poco van tomando conciencia de que les es imposible controlar lo que les está pasando. Es lo que llamamos indefensión aprendida, forma extrema de resignación al dolor físico y/o psicológico.

El fracaso de las víctimas en controlar la situación lo atribuyen con el tiempo a causas internas (creen ser ellos los que provocan la conducta agresiva asumiendo la culpabilidad de la misma, algo que han oído continuamente del maltratador). Esto influye en su autoestima que se pierde  al percibir su incapacidad para controlar la situación.

Una situación no controlable y no predecible mantenida en el tiempo provoca deficiencia motivacional que conlleva una disminución de respuestas. No importa lo que hagan o dejen de hacer,  la agresión es independiente de su conducta ocasionando esta situación frustración, miedo e insatisfacción, lo que en muchas ocasiones se traduce en ansiedad, estrés y depresión, así como en enfermedades relacionadas con la salud física.

Los humanos no somos agentes pasivos que reaccionamos ante los estímulos, sino que  actuamos de acuerdo a la valoración que hacemos del entorno y de sus capacidades para influir sobre él.

Quizá es una buena medida de prevención trabajar desde la familia la resistencia a la frustración de los pequeños, en definitiva, dotar a nuestros hijos de herramientas para afrontar los problemas y las limitaciones que se encontrarán a lo largo de su vida.

Los padres pueden ayudar a que sus hijos adquieran tolerancia a la frustración dando ejemplo. Una actitud positiva de los padres a la hora de afrontar las situaciones adversas es el mejor de los ejemplos para los hijos. Hay que educarlos en la cultura del esfuerzo, dejar que se equivoquen,  no darles todo hecho, dividir los objetivos en partes más pequeñas y manejables, marcar objetivos realistas, no ceder ante sus rabietas, enseñar a ser perseverante, convertir la frustración en aprendizaje y enseñar a asumir las consecuencias de sus actos.

Juliana Sánchez Dorado – Psicóloga Clínica