En su biografía Arthur Koestler, el novelista húngaro de origen judío, autor de «El cero y el infinito», periodista y activista político, menciona una leyenda del Talmud sobre «los treinta y seis hombres justos». La leyenda asegura que la existencia de los 36 hombres justos en cada generación ha sido la garantía de que la Humanidad no se extraviara nunca del todo, que se alzara después de cada estrepitosa caída. Esas 36 personas no son reyes o líderes políticos, trabajan anónimamente en sus quehaceres y ayudan a los demás de forma silenciosa, continua y altruista. Un observador atento reconocería a alguno en aquellas personas que cuando uno está desesperado o no encuentra razón para vivir, nos infunden fuerzas, nos convencen de que vale la pena vivir y también ayudar a los que están peor que nosotros. Crean, alrededor de ellos, pequeñas islas de orden y dignidad en un mundo de caos, absurdo, iniquidad y egoísmo.

Esos hombres no son héroes, ni santos, ni grandes científicos. Son leales y solidarios en un mundo donde la lealtad y la ayuda mutua son valores degradados. Brillan por su discreción, su sentido del honor y su insobornable dignidad. Son personas enérgicas, no parecen tener miedo a nada, gozan de una gran energía y desaparecen con discreción cuando han cumplido su labor. No los distingues a simple vista, parecen iguales a los demás, puesto que han recibido la misma -mala- educación, pero hay algo en ellos, algo cordial, profundo, que ha superado los inconvenientes de un estilo de vivir que valora lo que tienes no lo que eres y tiende progresivamente a la deshumanización de la tecnología triunfante. Suelen ser las primeras víctimas del fanatismo, el nacionalismo exacerbado, los fascistas, los totalitarismos o la simple codicia estúpida. Pero cada generación tiene sus 36 hombres justos (iba a añadir mujeres, que deben formar parte de esa mítica cantidad, pero el Talmud es de una época en que ellas no eran consideradas) y aunque no son capaces de cambiar la deriva de una civilización sí salvan a muchas personas de la desesperación. ¿Se ha encontrado usted, amigo lector, con alguna de esas treinta y seis personas justas? Yo sí. Y es reconfortante.