La iniciativa del alcalde de Alcañiz para reactivar la plataforma de la A-68 merece un respaldo claro, firme y sin matices. Estamos ante una cuestión de justicia territorial, seguridad vial, desarrollo económico y dignidad para el Bajo Aragón Histórico que no merece ser apartada por hartazgo, desafección y olvido institucional.
La N-232 lleva demasiados años soportando promesas, anuncios, estudios, licitaciones aplazadas y calendarios incumplidos. La plataforma de alcaldes plantea sumar a agentes sociales, económicos y ciudadanos porque la presión no puede quedar solo en manos de los ayuntamientos. Debe ser una voz común de todo el territorio.
Las obras siguen estancadas y aún quedan tramos pendientes para que la A-68 sea una realidad hasta el Mediterráneo. El desdoblamiento de la N-232 es la puerta de entrada que debe conectar Aragón con el Mediterráneo y con el norte del país, un eje estratégico para empresas, transportistas, turismo, industria agroalimentaria y servicios. Cada retraso resta oportunidades, cada año perdido aleja inversiones y cada promesa incumplida alimenta la sensación de abandono.
Por eso es imprescindible la unidad. Alcaldes, comarcas, partidos, sindicatos, empresarios, asociaciones y vecinos deben empujar en la misma dirección. No hay siglas que valgan cuando se habla de una infraestructura que condiciona la vida diaria, la seguridad y el futuro de miles de personas.
La A-68 debe salir de los cajones ministeriales y entrar de una vez en la agenda real del Estado. El abandono sufrido por esta autovía es una de las mayores vergüenzas de la historia reciente de las infraestructuras del país. El Bajo Aragón exige igualdad, cumplimiento de plazos, presupuesto, transparencia y máquinas trabajando.
Reactivar la plataforma es el primer paso. El siguiente debe ser convertir la reclamación en una presión sostenida, visible y transversal. No basta con lamentarse, hay que sumar, insistir y no levantarse de la mesa hasta que la A-68 deje de ser una eterna promesa y se convierta en la autovía que este territorio merece.
El momento exige altura de miras y una respuesta colectiva. Alcañiz y el conjunto del Bajo Aragón Histórico no pueden seguir pagando el precio de una planificación incompleta y de una falta de voluntad política sostenida durante décadas. La A-68 no solo debe mirarse como una carretera pendiente, sino como una infraestructura vertebradora capaz de corregir desequilibrios, acercar territorios y garantizar que vivir, invertir o trabajar lejos de las grandes capitales no sea una desventaja permanente.
La reactivación de la plataforma debe servir para recordar al Gobierno central y al resto de administraciones que la paciencia del territorio tiene un límite.
Editorial

