I have a dream. «Yo tengo un sueño» es el estribillo, unas ocho veces lo repitió el orador, que acentúa la dinámica del discurso más célebre del reverendo Martin Luther King Jr., el 28 de agosto de 1963, cinco años antes de ser asesinado. Con esas palabras Luther desafiaba el conservadurismo de las mentes de los norteamericanos y les urgía a apoyar al Movimiento por los Derechos Civiles para acabar con el racismo, la pobreza, las desigualdades, la injusticia y la violencia y fomentar el trabajo y la libertad. Pues bien, en un contexto muy diferente pero con parecidas ambiciones, desde esta humilde tribuna me atrevo a decir «We have a dream», nosotros tenemos un sueño. ¿Quiénes son nosotros? Los aragoneses, nativos o asimilados. Los que vivimos en esta bendita y relegada tierra que sostiene su orgullo a duras penas en una España que olvida, porque no sabe, que fuimos una de las cunas históricas de la identidad hispana y somos, si se nos da pie, una garantía de futuro. Pero dejémonos de historias, como diría Joaquín Costa.
¿Cuál es o podría ser nuestro sueño? Superar esa maldición, casi bíblica, de la oligarquía y el caciquismo que parece enredarse en nuestras raíces y que ahora, cambiado su aspecto pero no su concepto, siguen rigiendo con su omnímoda desfachatez los destinos del sistema capitalista neoliberal que nos aflige. El capitalismo salvaje, en sus múltiples formas, y el caciquismo político (también muy variado) forman el telón de fondo de nuestro sueño: reestructurar, racionalizar y transformar el sector agrario y ganadero aragonés de su actual problemática situación -asediados por la «modernidad» y sus paraísos virtuales y sus realidades carenciales- en un sector prioritario desde el punto de vista de inversiones, laboral, social, económico y de investigación y desarrollo. ¿De qué nos sirve competir con otras Comunidades ya casi totalmente «vendidas» a la cultura del consumo y la dependencia global? Monopolizan las mejores comunicaciones, estructuras, financiamientos, ayudas, población (masificación), votos y capacidad política. Ya sabemos que el sector agrario recibe ayudas y subvenciones oficiales que ofrecen una reedición de las corrupciones de costumbre: agricultores poco motivados y comodones que aprovechan las dádivas (los menos) y otros que aman su tierra pero que se van quedando sin relevos generacionales y tampoco se atreven a ampliar sus expectativas. Hay como un estado de paciente resignación que se percibe cuando uno de mete en el mundo rural. Aún se sigue contemplando el creciente Aragón vaciado como un deterioro de siglos, un fin tradicional  e inevitable. Los que quedan en los pueblos carecen de energía, ilusión y compañía, justamente porque no ven futuro.

Despertad aragoneses rurales. En el reciente confinamiento se ha visto la punta de un fenómeno del que no se habla: los productos del campo, de la ganadería, no han faltado en los mercados. Habéis sido «esenciales» y habéis cumplido. Ampliad la imagen. Vienen tiempos inciertos y comienza a cuajar la idea de la autarquía (palabra que designa una forma de gobierno que trata de bastarse con sus propios recursos) , de confiar más en los productos de cercanía y evitar la dependencia del suministro internacional. Sois necesarios, indispensables si logramos cambiar el modelo económico y alimentario que el capitalismo neoliberal nos imponía: el consumo desenfrenado basado en una globalización del suministro y la producción. Es posible que ese concepto económico esté dando las últimas boqueadas. El cambio climático, la desertificación, el envejecimiento de la población, las pandemias, el desequilibrio económico acentuado por la crisis, todo despierta las cautelas de cualquier persona sensata. Pero, ¿hay gobiernos, políticos, sensatos, por encima de intereses partidistas o de obediencia al Dios capital?.

El problema es complejo y no hay soluciones sin riesgos. Es preciso de entrada un cambio de percepción. Un esfuerzo por comprender que se presenta un cambio de paradigma. Posiblemente la globalización dejará de ser absoluta y se ralentizará, imponiéndose una cierta autarquía.Y esa percepción debe reflejarse en actitudes, medidas y comportamientos: convertir el sector agrario y ganadero en un sector primordial; concienciar a los jóvenes que hay un futuro prometedor en los estudios y trabajos  que conciernen a las tierras, los montes, los ríos, las explotaciones ecológicas para producir alimentos; dar trabajo todo el año y cobijo digno a los temporeros de todos los países y sus familias que quieran trabajar en los campos aragoneses; atraer a la inversión privada, con el reclamo de la pública, a invertir en empresas de continuidad entre el mundo rural y las urbes de todo el país; cambiar la política fiscal y arancelaria; establecer empresas de distribución y venta en justa sinergia con los productores, con un mercado regulado oficialmente; lograr que se supere ampliamente el 4,6% de impacto económico del sector y el escaso 2,6% de aportación al PIB nacional. Y todo ello con vistas a surtir por completo al mercado nacional a precios razonables, evitando la competencia a la baja de las importaciones por cadenas alimentarias multinacionales. ¿Intervencionismo estatal? Sin duda, pero regulado y transparente. Se trata de sanear un sector del que dependemos como sociedad, tanto o más que de otros más «punteros» y hegemónicos. Decían los clásicos: «Primum vivere…», luego, lo demás. Y no vivirás si no te alimentas.

Alberto Díaz Rueda – Escritor y periodista