El historiador Vicente Pinilla, catedrático de Historia Económica en la Universidad de Zaragoza, dedicó buena parte de su obra académica a estudiar cómo la revolución del transporte del siglo XIX transformó, o dejó de transformar, las distintas regiones españolas. De sus investigaciones se desprende una idea que apenas se cita fuera de los círculos universitarios, y que debería estar en boca de cualquier ministro antes de firmar un presupuesto.
La comunidad de Teruel no se quedó descolgada porque fuera pobre. Se quedó pobre, en buena medida, porque la modernización de las comunicaciones llegó tarde y a medias, dejándola fuera del primer reparto de la riqueza que acompaña al desarrollo de las grandes infraestructuras. En pocas comarcas se percibe con tanta claridad como en el Bajo Aragón, donde las infraestructuras parecen llegar siempre dos veces tarde: primero cuando se anuncian y después cuando se terminan. Es un diagnóstico de hace siglo y medio; lo inquietante es lo poco que ha envejecido.
Basta con aplicarlo al sobrecoste de casi 11 millones de euros del tramo de la A-68 entre El Burgo de Ebro y Fuentes de Ebro o a los tres tramos turolenses (Quinto-Azaila, Azaila-Híjar e Híjar-El Regallo), para los que ni siquiera se ha dado la orden de redactar el proyecto. Ni siquiera existe un proyecto sobre el que trabajar. No es que las obras acumulen retrasos; es que, desde el punto de vista administrativo, aún no han nacido. Y resulta difícil exigir plazos a una infraestructura que ni siquiera ha superado su gestación burocrática.
Existe, además, un mecanismo que se ha normalizado en la contratación pública. Las administraciones premian con frecuencia las ofertas más bajas, aunque resulten difícilmente sostenibles. Después llegan los modificados, los sobrecostes y las revisiones de precios. El presupuesto inicial acaba siendo una ficción útil para adjudicar la obra, y la factura definitiva termina pagándola el contribuyente. El incentivo para ajustar plazos y presupuestos acaba siendo, como poco, discutible.
El contraste histórico ayuda a medir hasta qué punto esto es elección y no fatalidad. En 1992, con la Expo de Sevilla como fecha innegociable, España construyó 471 kilómetros de línea de alta velocidad a través de Sierra Morena en poco más de tres años y medio desde la decisión definitiva de trazado. El AVE Madrid-Sevilla llegó a tiempo, con el hormigón todavía caliente, pero llegó. Hoy la administración necesita más tiempo para no terminar 18 kilómetros de asfalto llano entre El Burgo y Fuentes de Ebro que el que necesitó entonces para completar una obra infinitamente más compleja. La diferencia no fue la orografía. Fue que alguien, en 1988, decidió que aquello no podía fallar.
El Bajo Aragón tiene su propio ejemplo de esa misma dejadez. La humanización de las travesías de Alcañiz, que afecta a tramos de las carreteras N-232A, N-232B y N-211A, cuenta con una inversión de 6,25 millones de euros. Las obras comenzaron en 2023 con un plazo previsto de 18 meses. Casi tres años después, el Ayuntamiento sigue negándose a recepcionarlas por más de 35 deficiencias sin resolver, entre ellas un sistema de drenaje que inunda los bajos de las viviendas cada vez que llueve con fuerza. En este caso, además, la cadena de responsabilidades resulta excepcionalmente sencilla. Las obras dependen del Ministerio de Transportes y el Ayuntamiento se niega a aceptarlas mientras no se subsanen las deficiencias detectadas. No hace falta buscar culpables demasiado lejos.
El reparto de responsabilidades entre gobiernos y colores políticos, con ser legítimo, aporta poco. La historia de las comunicaciones turolenses no cambia porque cambien las siglas en el poder, sino porque el territorio sigue midiéndose con el mismo criterio de rentabilidad inmediata que ya lo perjudicó hace 150 años y que hoy se disfraza de estudio informativo, de partida prorrogada o de modificado de proyecto. Cambian los ministros y los gobiernos, pero la espera permanece.
Quizá lo único distinto es que ahora hay memoria escrita de ese retraso, medios que lo documentan con nombre y apellido, y datos suficientes para comparar lo que se tarda cuando de verdad importa con lo que se tarda cuando no. Eso no acerca ni un metro la A-68. Pero deja claro que el problema nunca fue la sierra, ni el terreno, ni la orografía turolense. Fue, siempre, la prisa de otros.
Jorge Herrero. Papel y pixel


Habría que decírselo a toda esta pandilla de políticos que están día a día mintiendonos, dato mata relato. Gracias.
No se salva ni uno
No me acordaba de lo del AVE, ahí está el perfecto ejemplo de que cuando se quiere se hace.
¿Quieren en Aragón? Ni de coña
Buen resumen de lo que ha sido nuestra comunidad durante decadas. Lo de las carreteras no tiene nombre….