Las tormentas de este domingo han vuelto a demostrar la enorme vulnerabilidad de nuestros municipios ante episodios meteorológicos cada vez más violentos. En apenas unos minutos, el viento arrancó más de la mitad de la cubierta del pabellón municipal de Castelserás, la lluvia anegó el edificio y el granizo golpeó distintos puntos del Bajo Aragón Histórico, desde Caspe hasta Valdealgorfa y Alcañiz. A falta todavía de una valoración completa, preocupa especialmente el alcance de los daños en cultivos de melocotón y almendra, en plena temporada.
Ahora toca actuar. Los ayuntamientos harán inventario, los agricultores revisarán sus parcelas y los vecinos afrontarán desperfectos en viviendas, vehículos e instalaciones. La respuesta no puede recaer únicamente sobre quienes han sufrido el temporal. El Gobierno de Aragón debe estar al lado de los municipios afectados desde el primer momento, facilitando técnicos para evaluar los daños y habilitando, si la magnitud lo requiere, líneas extraordinarias de ayuda.
Castelserás ofrece el ejemplo más evidente. Su pabellón, una instalación pública de uso cotidiano, ha quedado seriamente dañado y el propio Ayuntamiento reconoce que necesitará apoyo para afrontar la reparación. Para un pequeño municipio, asumir en solitario una intervención de esta naturaleza puede suponer hipotecar otros servicios o inversiones esenciales.
Lo mismo debe ocurrir con el sector agrario. Tras meses marcados por incendios, pedrisco y otros episodios extremos, cada nueva tormenta supone otro golpe para explotaciones que necesitan estabilidad para seguir siendo viables. Las administraciones deben agilizar las peritaciones, complementar los seguros cuando sea necesario y evitar que la burocracia convierta una emergencia de minutos en meses de espera.
La DGA conoce ya la situación y mantiene activados sus mecanismos de Protección Civil. El siguiente paso debe ser igual de rápido para cuantificar, coordinar y ayudar. Ante fenómenos extraordinarios hacen falta respuestas extraordinarias. Y, sobre todo, llegar a tiempo.
Editorial


Muchos se preguntan para qué sirven los impuestos. Pues para salir en ayuda de ayuntamientos, agricultores, ganaderos ante semejantes desastres metereológicos.Ya pasó con la epidemia del Covid-19. No deberíamos olvidarlo. Es el Estado quien sale a socorrer a los damnificados no las fuerzas desbocadas del mercado. En un aviso a navegantes, Tony Judt en el libro antes citado, Algo va mal, nos señala que Edmund Burke en sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa ya nos advirtió: “Toda sociedad que destruye el tejido de su Estado no tarda en desintegrarse en el polvo y las cenizas de la individualidad. Al eviscerar los servicios públicos y reducirlos a una red de proveedores subcontratados hemos empezado a desmantelar el tejido del Estado. En cuanto al polvo y las cenizas de la individualidad, a lo que más se parece es a la guerra de todos contra todos de la que hablaba Hobbes.”
Cándido, el editorial habla de algo bastante sencillo. Un temporal ha causado daños y las administraciones deben ayudar a quienes no pueden afrontarlos por sí solos. Hasta ahí, nada especialmente revolucionario.
Pero usted no puede evitarlo. Donde hay una tormenta, usted ve una oportunidad para sacar al Estado, al mercado, a Tony Judt, a Burke y hasta a Hobbes a desfilar en procesión.
El editorial pide ayudas para unos agricultores y unos ayuntamientos afectados por el pedrisco. Usted termina hablando de «las fuerzas desbocadas del mercado», del desmantelamiento del Estado y de la guerra de todos contra todos.
Hay que reconocerle una cosa. Tiene usted un talento extraordinario para convertir una granizada en una lucha de clases.
Y después de semejante tormenta ideológica, bastante daño ha hecho ya el temporal como para que usted se empeñe en incrementarlo.