Las tormentas de este domingo han vuelto a demostrar la enorme vulnerabilidad de nuestros municipios ante episodios meteorológicos cada vez más violentos. En apenas unos minutos, el viento arrancó más de la mitad de la cubierta del pabellón municipal de Castelserás, la lluvia anegó el edificio y el granizo golpeó distintos puntos del Bajo Aragón Histórico, desde Caspe hasta Valdealgorfa y Alcañiz. A falta todavía de una valoración completa, preocupa especialmente el alcance de los daños en cultivos de melocotón y almendra, en plena temporada.

Ahora toca actuar. Los ayuntamientos harán inventario, los agricultores revisarán sus parcelas y los vecinos afrontarán desperfectos en viviendas, vehículos e instalaciones. La respuesta no puede recaer únicamente sobre quienes han sufrido el temporal. El Gobierno de Aragón debe estar al lado de los municipios afectados desde el primer momento, facilitando técnicos para evaluar los daños y habilitando, si la magnitud lo requiere, líneas extraordinarias de ayuda.

Castelserás ofrece el ejemplo más evidente. Su pabellón, una instalación pública de uso cotidiano, ha quedado seriamente dañado y el propio Ayuntamiento reconoce que necesitará apoyo para afrontar la reparación. Para un pequeño municipio, asumir en solitario una intervención de esta naturaleza puede suponer hipotecar otros servicios o inversiones esenciales.

Lo mismo debe ocurrir con el sector agrario. Tras meses marcados por incendios, pedrisco y otros episodios extremos, cada nueva tormenta supone otro golpe para explotaciones que necesitan estabilidad para seguir siendo viables. Las administraciones deben agilizar las peritaciones, complementar los seguros cuando sea necesario y evitar que la burocracia convierta una emergencia de minutos en meses de espera.

La DGA conoce ya la situación y mantiene activados sus mecanismos de Protección Civil. El siguiente paso debe ser igual de rápido para cuantificar, coordinar y ayudar. Ante fenómenos extraordinarios hacen falta respuestas extraordinarias. Y, sobre todo, llegar a tiempo.

Editorial