En casi todos los medios ha habido esta semana dos temas de relieve: Afganistán, uno, y los botellones multitudinarios y progresivos. El primero merece una reflexión crítica sobre la manipulación del imaginario femenino desde el principio de 2001. El segundo, que nos atañe (¡y ya!), pide a gritos un rediseño del problema, como decía Einstein, usando los mismos elementos que lo causaron.

Esta es la casuística que alimenta el «carpe diem» que muchas personas, no sólo jóvenes, sino gente madura y, lo peor, adolescentes, se proponen como estilo de vida en estos momentos. El botellón, multitudinario y perfectamente estructurado desde las redes sociales y los mensajes personales, se ha convertido en la pesadilla recurrente de la mayoría de los pueblos de toda España y más duramente en las ciudades, con una frecuencia y simultaneidad tan alta que desborda los medios policiales de que se dispone. Los «covidiotas autojustificados» han creado un deporte nuevo, con una logística casi militar: jugar al gato y al ratón con la policía. Con una disciplina sorprendente, dado el grado etílico que suelen llevar encima, esas personas se mueven en grupos rápidos de dispersión y reagrupamiento, como si fueran falanges de César o de Esparta. Para todos ellos, y son millones, el asunto del virus y su propagación ya ni siquiera se niega sino, simplemente, se le da tanta importancia como a las discusiones bizantinas sobre el sexo de los ángeles.

¿Cuáles son los niveles operativos en los que incide el botellanismo? Primero, el sanitario. Y unido a él de forma muy estrecha, el jurídico. Sigue, como consecuencia inmediata, el de orden público y por último, pero no menos importante, el familiar, con su secuela: menores alcoholizados y desmadrados. Empecemos por el aumento de menores con síntomas de alcoholemia y comportamientos escasamente adecuados a su edad. Es el nivel menos abundante, pero comienza a hacerse notar demasiado. Lo defino como elemento «familiar» porque estimo que en este caso los responsables directos son los padres. ¿Permisividad? ¿Tolerancia? ¿Negación del autoritarismo? ¿Confianza ciega en la responsabilidad del menor con el fin de no minar su seguridad en sí mismo? ¿De verdad se creen ustedes esas justificaciones de psicología barata? Estos padres son los hijos de nuestra generación, la que luchaba por la libertad, el trabajo y la igualdad en mayo del 68. Algo hicimos mal. Al parecer, no os enseñamos que detrás de cada derecho hay un deber y una obligación y que el esfuerzo es indispensable para lograr algo serio. Quizá por eso, entre otras cosas ahora no pertinentes, no sabéis poner límites a la libertad y los deseos de vuestros hijos.

Sigamos con el nivel jurídico y el de orden público. «Se nos va de las manos», dicen. Es precisa una legislación específica, extraordinaria y limitada al escenario concreto de la pandemia, en la que se respeten las prioridades lógicas de la situación. ¿Cuál es el punto débil? El desconcierto, los tiras y aflojas, las probaturas, la «mala conciencia» de estar «conculcando» libertades. ¿Qué libertades? ¿La de contagiar a culpables e inocentes (diríamos botelloneros y abuelos)? ¿La de mostrar la falta de correspondencia entre la realidad tozuda de la pandemia y los dimes y diretes de jueces, tribunales, supremos o no y juristas, escudándose todos en un ordenamiento jurídico que no es apropiado para las circunstancias especiales de una pandemia global? ¿La de montar un guiñol entre las diferentes comunidades, sus dirigentes, los influencers de la Red y los ciudadanos caprichosos y olvidadizos: es decir, llevar una pandemia a depender de los juegos de poder entre los políticos y sus intereses, los deseos de las masas y el mundo del dinero?

Y, por fin, el sanitario. En el que hay dos elementos disociados: las personas y el material sanitario; desde las vacunas hasta la escasez de personal, camas, Ucis… o directrices claras y, por favor, comunes a todo el país (por no decir al mundo entero, que es lo que debería ser). El mundo de la salud también ha caminado por el cable del equilibrista. Por un lado el exceso de pacientes y la irresponsabilidad de una parte de la ciudadanía y por otra su dependencia de variables tales como la de intereses de las farmacéuticas, de los trust de comercialización, de los poderes políticos y de la desconfianza y rechazo creados por esa masa gelatinosa y oscura de los conspiranoicos.

Y por encima (o debajo) de todo este panorama conflictivo, ¿qué tenemos? «Quedadas» de menores, donde se da rienda suelta al rito de paso actual: el alcohol, el sexo, la violencia o el vandalismo. Lo mismo, pero corregido y aumentado, de los jóvenes y muchos de la franja de 40 y 50, de buen ver, que se consideran por encima del bien y el mal y por debajo de la seguridad de un trabajo estable, una familia en orden y otras exigencias del vivir que se olvidan a base de botellones sin medida.

Como escribió un colega, «en esta proliferación de los botellones, la afluencia crece a una velocidad inversamente proporcional a la de las precauciones que en ellos se toman». Decía mi abuelo, ateo convencido, «Que Dios nos coja confesados»

Alberto Díaz Rueda. Periodista y escritor