Hace dos veranos, los alcaldes de La Cerollera y Torre de Arcas llamaban a la puerta de mi despacho con una preocupación muy concreta: las dificultades que encontraban para gestionar los montes de sus municipios. Con 77 y 76 habitantes, respectivamente, ambos ediles, jóvenes y defensores del medio rural bajoaragonés, expresaban su frustración, temor e indignación ante lo que podía convertirse en un apocalipsis natural.

Rodeados de pinares y de una masa boscosa cada vez más salvaje, temían por sus vecinos y por el entorno. Conocen el terreno, saben cómo ha sido abandonado durante las últimas décadas y venían buscando un altavoz para proyectar su reivindicación. Se veían solos ante el peligro, y así es. Su temor es compartido por todos, pero hay que despertarse allí de la siesta, con cuarenta grados y el monte seco rodeando las casas, para entender ese miedo que te hace sentir el fuego merodear.

Como no se trata de azar, sino de probabilidad creciente, hace una semana vimos con horror cómo su pronóstico se cumplía y comenzaba a arder la zona del Mezquín. Y sí, por suerte se salvó. Pero esto no debería ser el juego de la ruleta. Al mismo tiempo, rebrotaba el incendio de Ejulve y se desalojaban varios pueblos, como Molinos o Cuevas de Cañart. Hoy mismo seguimos en alerta, abrasados y listos para protegernos si algo arde cerca.

Vivimos en el alambre, pendientes de una tormenta eléctrica, de una colilla, de la chispa de un motor, del viento o de que el sol decida apretar un poco más. El fuego está vinculado al calor y al cambio climático, por supuesto, pero también al abandono del medio rural, a la despoblación, a la desaparición de la ganadería extensiva y al retroceso de las labores agrícolas tradicionales.

Donde antes había rebaños, cultivos y vecinos trabajando el territorio, ahora crece el combustible. Se acumula de un año para otro, apilándose como una gran hoguera diseñada para arrasar. Incluso algunas ayudas de la PAC favorecen cubiertas vegetales que, sin una gestión adecuada, pueden convertirse en auténticas mechas.

Las cifras también queman. La inversión en gestión forestal ronda los 396 millones, frente a unas necesidades que superan los 3.000. Según los expertos, cada euro invertido en prevención puede ahorrar cien euros en extinción. Pero la prevención sufre un grave problema político porque no produce fotografías espectaculares; un monte que no arde no abre informativos salvo en medios locales.

¿Cómo es posible que cuatro de cada cinco hectáreas de monte no tengan ningún plan que ordene sus recursos? El 55,8 % del territorio español está catalogado como forestal...

En La COMARCA llevamos años denunciando la falta de gestión durante el invierno, contabilizando cuántos APN faltan, mostrando los montes sin limpiar después de grandes nevadas o riadas, la inacción en las fincas privadas y la escasez de medios técnicos en nuestras comarcas.

Mientras tanto, el debate nacional continúa siendo superficial, banal, ruidoso y sectario. Se discute quién tiene la culpa (porque ni siquiera se puede hablar de responsabilidad) mientras apenas se escucha a quienes conocen el terreno: alcaldes, agentes forestales, agricultores, ganaderos, cazadores, voluntarios de protección civil o vecinos.

Díganselo, por ejemplo, a los vecinos atrincherados, a los agricultores que salvaron las Grutas de Cristal, a los tres cazadores de Berge que protegieron la ermita de San Juan de Cuevas de Cañart, batefuegos, ramas y una cazuela donde comían sus perros como únicas armas antifuego.

Escuchar al presidente del Gobierno presentar un Pacto de Estado por el Cambio Climático como respuesta a los incendios es sonrojante. Sin cifras, sin realidad, sin medidas concretas y sin una mirada de acompañamiento hacia las autonomías y los habitantes de nuestros pueblos... ¡Ahora se propone formar a los agricultores para colaborar en la extinción!... ¡Y la misma semana en que el gasóleo agrícola ha subido cerca de un 30 %, mientras siguen sin resolverse el relevo generacional ni la rentabilidad del campo!

Les pedimos que alimenten al país, cuiden el paisaje, fijen población y, de paso, apaguen el incendio.

Agosto llenará los pueblos, multiplicará las conversaciones y encenderá la indignación, la sensación de injusticia y la defensa de nuestro territorio. En cuatro semanas el asfalto volverá a imponer sus prioridades. Pero esta vez no debería bastar con esperar al próximo humo.

Toca escuchar a quienes llevan años advirtiendo, invertir antes de lamentar y gestionar el monte antes de que el fuego lo haga por nosotros. Ojos que no ven, monte que arde; y nosotros hace tiempo que estamos en llamas.

Eva Defior. Sexto Sentido