Hay pueblos que cargan con la historia como un peso, y hay pueblos que la llevan como un estandarte. Caspe, esa villa aragonesa donde el Guadalope se entrega al Ebro, lleva más de seis siglos demostrando que pertenece al segundo grupo, y este pasado fin de semana volvió a recordárnoslo con una claridad que debería avergonzar a quienes siguen ignorando lo que allí ocurrió en 1412. La recreación del Juramento de los Compromisarios no es un espectáculo de feria, es un acto de rigor histórico que reivindica uno de los episodios más notables de la cultura política medieval europea.
Más de cien personas entre vecinos e historiadores llenaron el conjunto monumental de latín, de espadas y de nuestra historia del siglo XV. No fue una puesta en escena vacía. La fidelidad histórica y el uso de la arqueología experimental convierten este evento en la mejor explicación posible de lo que allí ocurrió. Pero para entender por qué todo esto importa, hay que mirar aquel proceso que arrancó en el invierno de Alcañiz y que culminó en el Castillo de la Bailía de Caspe, cuando la Corona de Aragón contuvo el aliento ante el vacío de poder dejado por la muerte de Martín el Humano.
El Compromiso de Caspe fue el triunfo de la legitimidad jurídica sobre la fuerza bruta. En un momento en que las espadas ya estaban afiladas, los representantes de Aragón, Valencia y Cataluña optaron por una solución arbitral. Nueve hombres se encerraron en los muros del castillo para decidir que la razón valía más que la lanza. Establecieron un proceso con reglas, plazos y garantías, anteponiendo el derecho a los intereses particulares. En plena Edad Media, en una villa del Bajo Aragón, se decidió que la ley estaba por encima del poder.
El acto que se recrea ahora rememora el solemne juramento de imparcialidad, un pacto de conciencia que hoy suena casi a utopía. Aquellos compromisarios no solo evitaron una guerra civil, establecieron un precedente político, demostrando que la negociación y el arbitraje son herramientas mucho más eficaces que el conflicto para la transferencia del poder. La sentencia, proclamada finalmente en junio de 1412 en la Colegiata de Santa María, cerró un capítulo de incertidumbre que había durado dos años.
Resulta curioso que un acontecimiento de semejante magnitud siga siendo un gran desconocido fuera de nuestras fronteras, mientras eventos menores ocupan páginas enteras en los libros de texto. Los 15000 visitantes que atrae la conmemoración son un éxito de participación, pero la relevancia de Caspe debería ser un referente nacional de visita obligada. No celebramos una batalla ni una conquista, celebramos una elección basada en la palabra empeñada. Una elección que, seis siglos después, sigue siendo un espejo en el que la política contemporánea debería mirarse.
La colaboración de la Universidad de Zaragoza en la divulgación de estos hechos y el rigor de las instituciones académicas implicadas demuestran que se trata de una política cultural seria. No es el monumento vacío ni el protocolo de turno, es la demostración de que hay comunidades que todavía saben por qué existen. Cuando los compromisarios se reunieron en aquel castillo hace más de 600 años, estaban escribiendo uno de los capítulos más nobles de la historia de Europa.
Hoy, quienes visten sus ropas y reproducen sus gestos nos recuerdan que aquello no fue un accidente, fue la elección consciente de preferir la palabra a la sangre. Caspe lo sabe desde hace mucho tiempo, solo falta que el resto del mundo termine de aprenderlo.
Jorge Herrero. Papel y pixel

