Mi pasión por la narrativa debe ser herencia familiar. Por un lado nuestro padre y nuestros dos hermanos mayores (Aurora y Manolo) fueron excelentes contadores de vivencias personales; por otro nuestro abuelo materno (Braulio) que nos contaba de críos las andanzas de Pedro Saputo que había escrito su antepasado Don Braulio Foz.

Quien haya leído mis anteriores textos habrá deducido que lo mío es contar vivencias personales lejanas en el tiempo. Pero esta vez voy a contar una bastante más reciente.

Hace algún tiempo, un grupo de personas charlaba animadamente muy cerca de mí. Como de costumbre no prestaba ninguna atención a aquella charla que me era ajena hasta que oí una palabra que disparó mis alarmas y agudizó de repente mi oído: Matarraña. Alguien dijo:

Al Matarraña als pastisets los diuen «tortas de alma» (pastisets es el nombre que dan a un dulce similar a las casquetas en la zona zaragozana del chapurriàu).
Algo se removió dentro de mí. Estuve a punto de intervenir pero pensé que, por prudencia, no debía. Esa afirmación salía de boca de una persona con un doctorado en filología y, por aquel entonces, recién nombrada miembro de la Academia aragonesa de la lengua.
Aquellas palabras no dejaban de repiquetear en mi cabeza y en mi sentimiento matarrañés; no pude contenerme e intervine. Pedí disculpas por entrometerme en conversación ajena y expliqué que tortas de alma es la denominación que dan en el Bajo Aragón de habla castellana; pero que en el Matarraña, que habla chapurriàu, se les llama casquetes y que traducen al castellano como casquetas. La persona que había hecho aquella afirmación insistió en que también en Valderrobres las llamaban tortas de alma y, a falta de criterio más científico por mi parte, respondí:

-Lo sé porque soy de allí.
-Y yo llevo cuatro (creo que dijo 4) años trabajando allí.
Ante tan docta y documentada respuesta nada pude añadir.

En las visitas a mi tierra, siempre he tenido el placer de disfrutar compartiendo tiempo y conversación con personas luchadoras que hablan, viven y aman el Chapurriàu; que están luchando por conservarlo, que lo están transmitiendo a sus hijos y nietos; que algunos, en la medida de sus posibilidades, llevan a cabo un trabajo de investigación y divulgación para mantenerlo vivo. La mayoría no lucen títulos universitarios, ni doctorados, ni honores académicos; pero sí su gran pasión por la lengua que les transmitieron sus padres.

Hemos vivido a lo largo de los últimos 40 años desvaríos varios por parte de nuestra clase política acerca de las lenguas que se hablan en Aragón. Los gobernantes se escudan en que, para tomar decisiones, se basan en lo que dicen los expertos, que son quienes realmente saben. Y yo me pregunto si son los títulos académicos, los que por sí solos, ya determinan la experiencia. ¿O tal vez también habrá expertos que sean capaces de seleccionar a los expertos idóneos para asesorarles en la toma de sus decisiones?

Pili Bel Conchello. Valjunquera. El mundo del chapurriau