Tiene el chispeante nombre de unas patatas fritas o el de un entrañable profesor de colegio inglés, CHIPS. Pero también es el apelativo de un componente diminuto e indispensable cuya escasez puede poner en jaque a gran parte de la industria tecnológica y provocar una carga de los jinetes del Apocalipsis económico. Ya se van acercando a trote ligero al mercado occidental y aún más al europeo. La ecuación capitalista básica de los excesos: Demanda-Producción-Consumo, ha sido herida en su centro neurálgico, la producción de chips y ciertas materias primas de las que escasean en Occidente. En consecuencia el delicado equilibrio se ha roto y aumenta la demanda y, por carestía, disminuye el consumo: ergo, alza de precios e inflación a las puertas de una depauperada economía global postpandémica.

Estamos hablando de móviles, ordenadores, baterías, electrodomésticos y componentes electrónicos de coches, maquinaria y aviones, energías renovables, sector aeroespacial y Defensa.

Planteemos el «Qui prodest» de Cicerón ¿A quién beneficia la situación? La lógica de los hechos y las cifras apuntan al mundo asiático, un poco al africano y Sudamérica. Es una paradoja ética que nos hace reflexionar: muchas de esas materias primas dependen de países del llamado Tercer Mundo, enquistados en la miseria y en dictaduras oligárquicas. La UE ha comenzado a tomar cartas en el asunto un poco a destiempo, cuando ya Rusia, China o Australia llevan tiempo controlando no sólo la producción y extracción, sino el procesado y las cadenas de suministros. La lógica de la geopolítica premia a los países -China es la principal muestra- que han sabido implementar estratégicamente su producción de minerales como el litio, el manganeso o el níquel entre otros, relacionados con eso tan vital en nuestra vida actual que se llaman baterías. O chips.

Ahora resulta que cerrar las minas de minerales ha sido un mal negocio. Mientras en Bolivia, Kazajistán o Mongolia y regiones remotas de China se afanaban en aumentar su producción y tratamientos de minerales estratégicos, en casi todos los países de Europa y Estados Unidos se lavaban las manos y dejaban que esos «sucios» menesteres los hicieran los países subdesarrollados… Tonto el último.

Alberto Díaz Rueda. LOGOI