Este verano morirán 750.000 personas de hambre, según estimaciones de la ONU. Al ciudadano medio de los países más favorecidos lo que más nos preocupa es dónde vamos a pasar el tórrido agosto lo mejor posible, cueste lo que cueste. A pesar de la crisis económica, la guerra de Ucrania, la energía por las nubes y el alza de los precios, más de un 23 % y sigue, incluso en los productos alimentarios más básicos. Gentíos en el ocio nocturno, playas a rebosar, autopistas atascadas y el silencioso padecer de muchas familias por una cesta de la compra cada día más cara. Carpe diem, señores, que mañana nos lamentaremos. La insolidaridad como bandera del siglo XXI. ¿Faltan alimentos? ¿Fallan las cadenas de suministros? No. Todo va bien, teniendo en cuenta lo que está cayendo. Pero hay que alimentar la codicia. Basta una presunción de posible carestía, para que las cadenas suban unos euritos los precios. ¿Alguien controla eso? No, por favor, estamos en el capitalismo salvaje neoliberal: Lo primero es el beneficio. ¿Y el Gobierno que hace? En estas cosas, no está ni se le espera. Están muy ocupados preparando las próximas elecciones. ¿Y la oposición? Lo mismo. Aristóteles diría que los políticos actuales ya no representan a los ciudadanos. Quizá la iniciativa privada, si se alejara de la codicia, podría hacer algo: imaginen que una de esas grandes cadenas de supermercados anunciara a bombo y platillo que, dada la crisis sistémica que vivimos, va a renunciar a parte de sus beneficios y abaratar los alimentos de primera necesidad. Arrasarían.

Pero volvamos al hambre. No les voy a dar las duras cifras que circulan, porque todos tenemos la sensibilidad colapsada y ya no nos afectan los números de víctimas que superen la docena. Lo solventamos con un «pobre gente», como si no fuera con nosotros. El humanismo al poder, diría un cínico. Según fuentes poco sospechosas de difundir «fake news», la FAO y la ONU, un tercio de los alimentos que se producen en el mundo se tiran a la basura. Con esos desperdicios alimentarios se podría dar de comer a 2.000 millones de personas cada año. En este momento las hambrunas afectan a 300 millones de personas. Hagan números.

La suma de circunstancias alarmantes que se han ido gestando en los últimos dos años agrava el problema del hambre. El peor es la codicia humana. Hay 49 países en el mundo con riesgo severo de hambruna este verano. Necesitamos solidaridad.

Alberto Díaz Rueda. LOGOI