Lo admito, estoy desolado. Este mundo ya no es lo que era, y lo que en los no tan lejanos tiempos de mi infancia eran mitos que aparecían en los medios, modelos a seguir y en los que se miraba la gente supuestamente normal, han caído, y lo han hecho con el nombre de Juan Carlos de Borbón o Isabel Pantoja, entre tantos y tantos que de héroes han pasado a ser villanos en el subconsciente colectivo.

De personajes queridos, adorados, adulados e incuestionables han mutado en seres que no pueden sino ser vilipendiados y expuestos como ejemplo de lo que no hay que ser. De modelo de virtudes a modelo de defectos en tan solo unos pocos años.

Sin embargo, pese a mi desolación inicial al principio de esta intervención – y perdonen la ironía y el descreimiento en la condición moral humana – , es innegable que el morbo y el valor como historias en ambos casos, el del rey y el de la folclórica, muestra una vez más el arquetipo de comportamiento humano, que crea unos dioses o en su defecto héroes o heroínas, para derribarlos a continuación como si eso nos hiciera sentir más grandes a los demás.

Del caso del monarca retirado en territorio árabe, presuntamente disfrutando de lujos que harían palidecer de envidia los relatados en «Las mil y una noches», hay una notable literatura que repasa su infancia, sus amantes, su papel político y los movimientos económicos de sus cuentas. Parece que es buen negocio hablar o escribir sobre todo lo que suena al rey al que denominan «emérito», no sé si con propiedad o sin ella.

Sin embargo en el caso de la Pantoja la historia aún es más novelesca todavía. Los amores de una cantante de coplas que se enamora de un famoso torero, al más puro estilo cañí, que se casa con él y que al poco pierde la vida en el ruedo, dieron para mucho allá por los años 80 y los 90. La condición sexual de la artista, la leyenda de la maldición gitana que supuestamente le lanzó Lola Flores, y su fama de gafe, que casualidad o no da mucho que pensar (Bertín Osborne se electrocutó en un concierto con Maribel) son algunos ingredientes que junto a su condición de ex -convicta, sus supuestos fraudes de blanqueo de capital y demás, sus amores desgraciados, aderezado todo con su supuesta relación apasionada con el dinero, las herencias y una finca supuestamente encantada donde, según testimonios de los hijos, ocurrirían fenómenos paranormales dan para ríos y ríos de tinta y horas y horas de televisión.

Recuerdo la serie «Herederos» protagonizada por Concha Velasco en el papel de Carmen Orozco. Con un contexto similar, sin embargo las peripecias e intrigas apasionantes y sórdidas se quedan cortas, y con mucho, después de enterarse uno de lo que están relatando los medios en estos días. Y sí, lo confieso, a mí me tienen enganchado, pues en este caso el guión de la vida real supera de largo a una ficción ya de por sí plagada de giros sorprendentes e inesperados en la trama.

A veces pienso que en este país somos así, muy noveleros, y con ese sentido tan universal y tragicómico de la vida. Y más en estos tiempos monótonos de mala gestión gubernamental, de recesiones económicas y de pandemias extrañamente surgidas en China. Va bien algo de distracción en estos tiempos, para la salud mental y para que olvidemos que nuestros gestores no saben cuestionar la crisis. Por eso creo que en cierta cadena de televisión muy dada a los cotilleos y sensacionalismos deben estar frotándose las manos, lo mismo que en el órgano de propaganda de los poderes fácticos, con este serial por entregas al más puro estilo de las telenovelas venezolanas de los años 80 y 90.

Sin embargo, y al margen de mis disquisiciones y peroratas, piensen en esto, que apuntábamos al inicio de nuestra reflexión semanal: necesitamos crear héroes para derribarlos y convertirlos en villanos, y así igualarnos a nuestros defectos. Sin embargo ni los buenos son siempre buenos, ni los malos tan malos. Ni ellos ni nosotros. Ni más, ni menos. Feliz semana, y a más ver, amigos.

Álvaro Clavero