He constatado en estos largos meses de pandemia de la Covid 19 que el español es incapaz de calcular visualmente cual es la distancia de dos metros. Mientras la megafonía de un supermercado decía: «para cumplimentar las normas dictadas por sanidad se ruega se mantenga una distancia de dos metros». Pues bien, si uno observaba la cola se veía claramente que la impaciencia que suelen generar las esperas hacía que algunos respiraban en la nuca del otro, y total para llegar al mismo tiempo que si se colocaran a los dos metros preceptivos. El español tiene para calcular esos dos metros de seguridad tanta incapacidad como para usar los ordinales, y decir, por ejemplo, décimo quinto certamen en lugar de «quince certamen», cuando no (aun peor) «quinceavo certamen».

Otra cosa que he notado brilla por su ausencia en muchos lugares de España es la higiene en las calles: al salir del súper (en mi caso concreto en Madrid) me dirigí a casa, situada en una zona del centro, y daba asco pisar el suelo, pues los pasadores de perros habían dejado la acera llena de los restos del orín de sus mascotas. Otros, aún peor (y esto es habitual en Caspe) habían dejado sus flemas. Así que al llegar a casa uno se lleva hasta su interior cantidad de gérmenes y suciedad orgánica.

Luego nos preguntamos por qué no se va de una maldita vez esta pandemia, que sigue creciendo a medida que no aplicamos las medidas racionales de prevención, siendo la movilidad humana el factor necesario de propagación. Aún sabiéndolo: a colapsar las calles del centro y a asistir a fiestas, espectáculos o cualquier convocatoria multitudinaria.

La mascarilla es muy molesta; yo tengo que caminar cuando la llevo más despacio de lo que nunca he hecho, pues si no casi me ahogo. En mi caso, cosas de la edad. Pero otros en lugar de aminorar la marcha se la bajan de la nariz, o se la quitan directamente con la excusa de fumar (por lo visto acto de libertad imprescindible) o comer mientras se camina.

El color morado, para mi, siempre será el color de la Cuaresma. Fueron muchos años de ver, durante mi infancia, adolescencia y primera juventud, los altares tapados con grandes telones de ese color (o negros) y a los sacerdote revestidos de igual pigmento imperial antiguo en los Oficios de la Semana Santa. No se podía pensar entonces que el nuevo feminismo revolucionario tomaría ese color -tan penitencial- como seña de identidad; luego Podemos -para acercarse al voto femenino, digo- se haría también con ese color, que se obtiene, curiosamente, mezclando el rojo con el azul. Ahora el morado es el color de la contestación. El rojo, sin embargo, cuando ya no se cubren los altares católicos de morado, ha pasado a ser el color de la liturgia de la Semana Santa.

Y yo, contándoles estas curiosidades, me despido de ustedes deseándoles una feliz próxima Pascua de Resurrección.

Alejo Lorén