Alguien escribió que “detrás de un gran hombre, en bastantes casos, suele haber una gran mujer”. El problema es que hay una tendencia casi genética en ciertos machos humanos a ignorar que la mujer con la que viven suele ser una de las causas ocultas de su eventual “grandeza” o su bienestar o como quiera que llamemos al conjunto de circunstancias que hacen la vida más agradable, cómoda o viable. Aunque también puede ocurrir que un determinado tipo sea “grande” simplemente porque lo aúpa sobre sus hombros una liviana mujer desconocida.

Ya lleva años ocurriendo que las cosas pueden mejorar cuando a ellas las colocan en lugares de poder. En los últimos tiempos he escrito varias veces sobre el “poder femenino” en términos de política internacional y  desde el 2020 en concreto sobre las eficaces respuestas a la pandemia en algunos Estados gobernados por damas. Está claro que no me refiero a mujeres como la presidenta de la Comunidad de Madrid y a ministras o jefas de Gobierno de algunos otros lugares donde ejercen el mando de una manera poco responsable.

He tenido la fortuna de compartir mi vida profesional, social y familiar con mujeres dotadas de inteligencia, sensibilidad, astucia, conocimientos y sentido común. Por tanto creo firmemente en la igualdad  hombre y mujer en todos los ámbitos sociales, profesionales y económicos, con un ligero sesgo, corroborado por la experiencia, a favor de una patente superioridad femenina en ciertos campos. Es evidente que  el potencial de gestión, comunicación, resiliencia y firmeza, honestidad, empatía y transparencia de las mujeres en cuestiones profesionales, públicas o empresariales es de una solidez evidente, en los pocos casos en los que se les deja ejercer. El director de la “Global Government Forum” se atreve a pronosticar que si el porcentaje de países de la ONU (193, de los cuales solo 21 están dirigidos por mujeres) con féminas en el poder aumentara al menos hasta un 50%: “el mundo sería más seguro y se priorizaría la educación, la salud y la protección del medio ambiente frente al empleo de la fuerza para resolver problemas y las estrategias militares de dominio”.

Sospecho que eso es casi política-ficción. Y ahí está el “efecto Matilda” para corroborarlo. Se podría definir como una insólita y reiterativa tendencia a ignorar las contribuciones y aún peor las autorías de descubrimientos científicos por el hecho de que la persona que los hace es una mujer. Y beneficiándose de ello los maridos, compañeros, colegas, ayudantes o superiores jerárquicos de las citadas científicas o investigadoras. Dicho efecto fue acuñado  por una sufraguista británica en el siglo XIX llamada Matilda Joslyn. Y para mayor vergüenza del género humano no sólo abunda, a distintos niveles de importancia global, por supuesto, en el amplio y complejo mundo científico, sino también en el artístico y literario, laboral y familiar.

Según páginas informativas poco sospechosas de manipulación sólo el 7,6% de los científicos citados en  los libros de textos son mujeres. Como es de suponer, sólo 18 mujeres han sido galardonadas por algún Nóbel de ciencias, frente a 572 hombres, desde que se creó el Premio en 1901. Por supuesto que hay muchos menos féminas que hombres en las Facultades científicas y Escuelas de Ingenieros. Y habrá menos si no cambiamos entre todos esa discriminación (empezando por activar a sus pares masculinos). El “efecto Matilda” es una insana corroboración del principio de estupidez genética, a la misma altura de algunos psicólogos norteamericanos de principios del siglo XX que aseguraron, sin sonrojo alguno, que los cerebros de los negros, asiáticos y mujeres eran más pequeños y deficientes que los del hombre blanco (aunque no tanto, si el hombre blanco era del sur de Europa o de algún lugar remoto e indocumentado). Lo cual satisfizo mucho a Hitler cuando le informaron.

Un repasito somero a algunas damas del pasado más o menos reciente y sus merecimientos (pocas son algo conocidas) nos muestra que muchos de los avances de la ciencia moderna se debieron a mujeres, mantenidas en la sombra o ignoradas.

Podemos empezar por Mileva Mavic, esposa de Einstein, que proporcionó a este las bases matemáticas para el desarrollo de algunas de las revolucionarias teorías por las que recibió el Nóbel. Rosalin Franklin que al tiempo que Wilkins, Crick y Watson, todos hombres y con el Nóbel en el bolsillo, descubrió la estructura de doble hélice del ADN. Marianne Grunberg Mariago, bioquímica francesa que participó en el descubrimiento del ARN junto a Severo Ochoa. La astrónoma inglesa Jocelyn Bell que percibió la primera radio señal de un púlsar, lo que revolucionó la teoría de los agujeros negros. María Wilkelmann, astrónoma alemana del siglo XVIII, que descubrió un cometa, hallazgo que se atribuyó su marido. La chino-americana Chien-Shiun Wu, experta en radioactividad que impulsó la construcción de la bomba atómica dentro del Proyecto Manhattan. El Nóbel se lo dieron a dos ayudantes de ella. La norteamericana  Henrietta Swan Leavitt, que formó parte del grupo malpagado de “calculadoras” de Harvard que ideó un método para medir las grandes distancias del Universo: el mérito y el dinero fueron para su patrón, el astrónomo Pickering. Esther Lederberg, microbióloga y genetista que inventó el método de “sembrado por réplica en placa” que utilizan todos los laboratorios del mundo. El Nóbel lo disfrutó su marido. La película “Hidden Figures” de 2016 les hablará de la vida real en la NASA y del papel de investigadoras ninguneadas en la carrera espacial a pesar de sobresalientes empeños. Y además eran negras.

Pero, oigan, no sólo en el ámbito científico el papel de las damas es ostentosamente ignorado, con alguna excepción histórica. En literatura todos conocemos a escritoras del fuste de Louise May Alcott o Mary Shelley que no se atrevieron a firmar sus obras o Emily Brönte que usó pseudónimos masculinos. Las aportaciones desconocidas de Zelda en la obra de su marido Francis Scott Fitzgerald, Cecilia Bölh de Faber que firmó “La gaviota” como Fernán Caballero, la poetisa Mary Ann Evans (George Eliot) o Violet Paget como Vernon Lee. En el arte, recuerdo la historia de Margaret Keane, pintora muy popular que pintaba cuadros con niñas y damas de grandísimos ojos (Hace unos años Tim Burton realizó una película sobre este historia, “Big Eyes”) que eran firmados, vendidos y cobrados por su marido. En el juicio de divorcio por malos tratos y apropiación de nombre quedó demostrado que ella era la única autora de esas pinturas. Su marido no supo ni hacer un boceto.

Para no alargar demasiado este artículo pasaré por alto la muy nutrida lista de mujeres, sobre todo científicas, cuyo trabajo ha sido crucial en el desarrollo y progreso de la ciencia y a lo más han recibido menciones locales o institucionales sin mayor relevancia. Sin embargo, creo –y deseo firmemente- que este criterio discriminatorio por razón de sexo está declinando poco a poco en casi todos los ámbitos. El “efecto Matilda” no tiene razón de ser y es justo que hombres y mujeres trabajen en igualdad de condiciones y oportunidades. De hecho eso sería una garantía de progreso real, no sólo en la ciencia sino en la vida humana en general. Queda aún mucho camino que recorrer y remotos prejuicios, tanto genéticos como culturales.

Pero quiero terminar citando a una de esas mujeres escondidas tras un nombre masculino: Mary Ann Evans (George Eliot), que escribió: “Que el bien siga creciendo en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal entre nosotros como podría haber sido, se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita”. Cambiemos “aquellos” por aquellas y trabajemos para acabar con la “vida oculta” de tantas mujeres.

Alberto Díaz Rueda – Escritor y periodista