Las cifras del padrón son, a menudo, la única temperatura real que mide la salud de nuestros pueblos. Pero los números, por sí solos, mienten por omisión. Dicen cuántos somos pero no dicen por qué nos quedamos, ni a qué precio.
Existe un término latino, locus amoenus, que la literatura del Siglo de Oro empleaba para describir ese lugar idílico, apartado del ruido del mundo, donde el ser humano encontraba la paz y la armonía perdidas. Garcilaso lo soñó, Cervantes lo ironizó, y durante los meses del confinamiento, nuestros pueblos encarnaron involuntariamente ese arquetipo para millones de ciudadanos atrapados entre cuatro paredes. El campo dejó de ser atraso y se convirtió en deseo. Fue, en cierto modo, una venganza silenciosa de la periferia.
Sin embargo, conviene recordar que el locus amoenus siempre fue una construcción literaria, no un lugar real. Era el paisaje que el poeta inventaba para refugiarse de una realidad que no le gustaba. Y algo de eso hay en la lectura más optimista de los datos recientes: una proyección de deseos sobre un territorio que lleva décadas resistiendo con sus propias fuerzas, sin que nadie lo descubriera como idílico.
No es la primera vez que el Bajo Aragón vive una recomposición demográfica forzada por causas externas. En el siglo XVII, la expulsión de los moriscos despobló comarcas enteras del valle del Ebro y dejó tierras sin manos que las trabajaran durante generaciones. En el XIX, el ferrocarril y la minería del carbón crearon pueblos casi de la nada, concentrando población en torno a una industria tan necesaria como frágil. Luego vino el desarrollismo de los años 70, que vació el campo con la misma eficiencia con la que las fábricas del norte llenaban sus turnos. Cada vez, el territorio se adaptó. Cada vez, el precio fue altísimo.
Lo que ocurre ahora tiene algo de ese patrón antiguo. Las cabeceras de comarca crecen absorbiendo a los pueblos de su entorno, en una concentración que no es recuperación sino reorganización. En los pueblos muy pequeños, la llegada de dos o tres familias puede cambiar el signo de una estadística sin cambiar nada esencial: la escuela sigue cerrada, el médico sigue viniendo una vez por semana, el bar sigue dependiendo de que alguien apueste por quedarse. Y cuando ese alguien se va, la curva se invierte con la misma facilidad con que mejoró.
El caso más elocuente es el de las cuencas mineras. Andorra, Ariño, Montalbán son pueblos que construyeron su identidad sobre el carbón y que hoy afrontan una transición que nadie terminó de diseñar. No es un problema demográfico, es un problema de relato. Durante décadas, esos lugares supieron quiénes eran y para qué servían. Hoy esa certeza ha desaparecido, y ningún teletrabajador en busca de naturaleza puede sustituirla. La demografía, cuando se rompe por razones económicas profundas, no se arregla con buenas intenciones ni con campañas de bienvenida.
Escribió Machado, que conoció estos paisajes como pocos, que Castilla (y bien podría haber dicho Aragón) era «miseria, campo, fantasmas». No como condena, sino como diagnóstico de una tierra que cargaba con demasiada historia y demasiado poco futuro. La pregunta que sigue sin respuesta es si somos capaces de romper ese ciclo o si, una vez más, celebraremos el repunte mientras se cierra la ventana.
El reto no es atraer a quien huye del asfalto en busca de su particular locus amoenus. Ese visitante, por mucho que se empadrone, seguirá siendo un turista de la ruralidad en cuanto la ciudad vuelva a ofrecerle lo que aquí todavía escasea. El reto verdadero es lograr que quien nació aquí no sienta que quedarse es un acto de heroísmo. O, peor aún, de resignación.
Jorge Herrero


Hace años, los maestros de los pueblos tenían toda una clase de treinta o cuarenta niños-zagales. Según era el maestro, bueno o malo, los zagales eran todos listos o todos torpes, si, así era, pues había quintas de listos y quintas de torpes, con las excepciones que confirmaban la regla.
Hoy la gestión de un alcalde y de su corporación, son claves en el devenir de cualquier pueblo. Como los antiguos maestros.
Indudablemente se eligen democráticamente pero no se elige al mejor, ni siquiera en los de concejo abierto. Los votantes eligen con las tripas en vez de con el cerebro y aflora todo lo bueno y malo de la retranca pueblerina.
Los secretarios, por aquello de una burocracia que ahoga, que no son del pueblo y a menudo han venido a pasar un tiempo hasta que les salga algo mejor, tiene mucho poder, pues se supone que tienen el conocimiento que a los alcaldes les falta, y los alcaldes, en cuanto el secretario les dice que puede pasar esto o aquello, se acojonan y paran lo que haga falta para no tener problemas. El secretario quiere estar tranquilo y sentirse importante y el alcalde pues lo mismo, fuera malos rollos, nos llevamos bien y como en todo proyecto, pueblo que se estanca se va para atrás.
Si a eso añadimos, la mala ostia que impregna la mala política, la envidia de pueblo, los intereses por un palmo de tierra o por la esquina de una calle, la cosa es mas que complicada, y los buenos, los que son capaces, se van, si , se van al lugar donde los valoran y construyen su vida en medio del anonimato y lejos de lo malo, porque es verdad que en los pueblos se vive bien, pero mientras no te metas en nada o seas un bien mandado, si opinas y alguien de esos resabiados de pueblo, de toda la vida, se siente ofendido, prepárate que lo tienes jodido, que se habrá creído este.
¿Cuántas personas se han presentado y salido concejales y cuando salen de ello, jamás se meten ya en cosas del pueblo? ¿Qué ha pasado?
La gente que podía aportar se ladea, hace su entorno el de sus amigos, con los que pasear, hablar de todo o echar una partida, su mundo. Y así la vida transcurre plácidamente, quejándose de todo, diciendo lo malos que son… los que sea y perdiendo trenes autobuses, taxis y hasta el burro, que se fue a rodear para no pasar por el pueblo y no recibir palos.
Por eso a menudo en los pueblos hay demasiados espejismos, y cuando caminas por ellos sin pensar, no los ves, pero cuando vives en ellos, cada esquina, en cada calle, cantón o paisaje, y hasta algún habitante, se torna espejismo.
No quiero ser demasiado cenizo, también hay que dar las gracias a todas esas personas incombustibles que siempre están para lo que haga falta, a menudo, con muchas palmadicas en la espalda, pero con poco trigo y mas de un puñal.
La gente normal no quiere ser héroe, pero tampoco villano, por eso, como la canción, que lastima pero… adiós.
Sí, tiene usted razón.Con frecuencia, un pueblo pequeño es un infierno grande.
Buen diagnóstico de la etiología. Razonable y razonado. Amén.
Lo peor es que, como cantaba Leonard Cohen, “…y todo el mundo lo sabe”
¡Salud!
Ser alcalde hoy no garantiza ninguna competencia. A mi me gustaría que los alcaldes fueran funcionarios de carrera, con la formación adecuada para gestionar servicios públicos, y que si lo hacen bien podrían ir a un pueblo más grande, y si lo hacen mal tendrían que abandonar la carrera y ganarse la vida haciendo lo que sepan hacer.
Y no me refiero solo a los alcaldes, sino a cualquier cargo publico.
Don Antonio, puedo estar de acuerdo con usted en que a los alcaldes se les exija una formación adecuada, ya que gestionan mucho y mucho depende de ellos, igualmente le digo que los que mandan son el reflejo de los que los votamos, para bien o para mal. Quizá también habría que pedir un mínimo de formación y quizá un examen, (igual que ese mínimo que se exige a los que quieren la nacionalidad, que menos que una formación e información mínima), antes de ir a votar, ya que algunos meten la papela y quizá se pregunten, con que mano hay que meterla para que sea valida.
En cuanto a las competencias de un alcalde dentro de su pueblo, pues las tiene casi todas, es la máxima autoridad del pueblo y ni el presidente del gobierno, tiene tantas como él dentro de su municipio.