Hola. No podía ya más con las noches tropicales (o tórridas, como dicen los meteorólogos). Decidí lanzarme de cabeza al «frescalor». Lo proponía la campaña turística de la DPT y pensé: «de perdidos al río», y ahí me metí, entre piedras, pececillos y ranas. A los pies de las montañas y bajo las estrellas, sentí tanta paz que se me fue el santo al cielo y me dio el amanecer. Hoy me siento tan viva que me ha sobrevenido una locura de amor por la tierra, ¿será el efecto de las estrellas fugaces?. Dicen que este año se están viendo más que nunca y que mucha gente va por ahí alquilando casas rurales como si no hubiese un mañana para, simplemente, disfrutar del oxígeno de la vida rural. Hay quienes ni siquiera se van de su pueblo, sino dos o tres kilómetros fuera del casco urbano, a campings u otros alojamientos con rincones nuevos por descubrir. 

Desde que me lancé al «frescalor» todo me parece tan maravilloso… tanto como el primer día que nos dejaron salir a la calle juntos tras el confinamiento. ¿Recuerdan? Cada paso era un cosquilleo; cada respiración, un nudo en el estómago; cada encuentro, una sonrisa. Diría que ha pasado un siglo, pero no fue tanto. ¡Cómo valoramos tanto las pequeñas cosas! Y después, la rutina nos atropella recordándonos lo borregos que podemos llegar a ser. Recuerdo cómo en los primeros días de paseos por el monte hice unas fotos a un rebaño con su pastor y hoy, repasándolas, siento que fue toda una premonición de lo que estamos viviendo. Por eso quiero unirme al «frescalor», porque es el placer de un trozo de sandía del huerto, un tomate morado recién cogido, un paseo en bici a la fresca, llegar a la cumbre de una montaña con un bocadillo de jamón; abrir la ventana por la noche y escuchar, sólo, grillos, pájaros y, con suerte, la risa de unos niños. 

Como os decía, tan agustito estaba en el «frescalor» del río que me dio el amanecer y pensé en sacarle más jugo a las palabras que la provincia de Teruel quiere poner de moda. Así que me uní a eso de disfrutar de nuestro ritmo de vida «rapilento». La primavera nos trajo muchas reflexiones sobre lo urgente y lo importante, acerca de las prisas y la calidad de vida en nuestro medio rural que ya se me estaban olvidando, y eso no puede ser. El «rapilento» debería ser nuestro día a día, como una zambullida que nos calma la sed y tras la que flotamos disfrutando… simplemente del silencio con los oídos bajo el agua. 

Y me faltaban dos palabras para ser la turista local modelo. «Cosmopueblita» y «tranquitenso». Para la primera, hice una lista de museos a recorrer a partir de mañana, desde el CBC pasando por el Juan Cabré, así como un recorrido por los yacimientos iberos, las pinturas murales y las plazas monumentales. Lo del «tranquitenso», según leo en las instrucciones, ya es otro cantar. Es una forma de vida que debe saber combinar el estrés del trabajo con la sana tensión de lanzarse en tirolina, rodar en Motorland, aprender btt o sobrevivir al ataque de los dinosaurios, ¡y sin quitarse la mascarilla! Para esto, hemos necesitado crear un calendario vacacional que nos lleve hasta septiembre en modo catarsis estival. Son 30 propuestas de felicidad para 30 días de agosto fantásticos. Las pueden leer en el suplemento interior. Apúntenlas, disfruten y veraneen en casa. Muchos lo agradecerán. Feliz agosto. 

Eva Defior