El incendio de Peñarroya de Tastavins ha vuelto a recordarnos de la forma más dolorosa que el paisaje del Matarraña es patrimonio natural, recurso económico, refugio de biodiversidad y parte esencial de la identidad de sus pueblos. Más de 350 hectáreas han quedado arrasadas y harán falta años para que el verde vuelva a ocupar el espacio que hoy cubren el negro y la ceniza.

Pero ha habido suerte meteorológica y, además, la rápida respuesta de los equipos de extinción evitó consecuencias todavía más graves. El fuego alcanzó términos de Ráfales, Fuentespalda y Monroyo, obligó a desalojar masías, un hotel y un centro budista, y amenazó con avanzar hacia los Puertos de Beceite, uno de los espacios de mayor valor ecológico del territorio.

La orografía escarpada, los accesos difíciles, la densidad del bosque, el viento y las altas temperaturas conformaron un escenario extremadamente peligroso. Por tanto, es necesario reconocer el trabajo de INFOAR, los bomberos, la UME, la Guardia Civil, Protección Civil y todos los medios movilizados. También merece una profunda gratitud la respuesta de agricultores, ganaderos, comercios, alcaldes y vecinos.

La solidaridad volvió a demostrar que el Matarraña sabe unirse cuando llegan los momentos difíciles. Pero el agradecimiento no puede cerrar el debate, sino abrirlo. Una comarca cuya superficie forestal ocupa más de la mitad del territorio necesita una política preventiva permanente.

La prevención debe mantenerse durante todo el año mediante la limpieza y gestión de montes, el mantenimiento de pistas y cortafuegos, el control de tendidos e instalaciones, el apoyo a la ganadería extensiva y la recuperación de cultivos que actúen como zonas de discontinuidad frente al fuego.

Se debe trabajar con los propietarios de monte privado, que deben concienciarse y facilitar los trabajos de prevención. También resulta imprescindible reforzar los medios disponibles, mejorar las comunicaciones y garantizar que los operativos puedan acceder con rapidez a las áreas más remotas.

Cada euro invertido en prevención reduce daños ambientales, económicos y humanos que después resultan incalculables.

El paisaje del Matarraña es uno de nuestros mayores tesoros, pero también una responsabilidad colectiva. No basta con admirarlo, promocionarlo o explotarlo turísticamente. Hay que cuidarlo, gestionarlo y protegerlo.

Y esa tarea, en un entorno protegido y con una de las mayores masas forestales de Aragón, requiere trabajo todo el año.

Editorial.