El 17 de abril de 1695 moría en México Sor Juana Inés de la Cruz, la monja que se atrevió a pensar en voz alta cuando pensar era, para una mujer, casi un delito. Murió de tifus cuidando a sus compañeras enfermas, después de acabar vendiendo su biblioteca bajo presión, su bien más preciado, y de silenciarse para siempre con poco más de cuarenta años.
Pocos días después, el 19 de abril, pero de 1602, nacía en Zaragoza Ana Francisca Abarca de Bolea. A los tres años la llevaron al monasterio cisterciense de Casbas, y allí pasó toda su vida sin salir jamás. Desde la clausura llegó a aprender latín, a dominar la poesía barroca, a cartearse con Baltasar Gracián, que la elogiaba en público, y a convertirse en una de las primeras escritoras que pusieron por escrito la lengua aragonesa: ese romance que en el siglo XVII ya retrocedía, pero que todavía vivía en los labios de la gente de las aldeas. La Sor Juana de Aragón, podríamos decir, aunque la historia apenas la ha recordado.
Las dos vivieron en el mismo siglo, a miles de kilómetros de distancia. Las dos encontraron en el convento, paradójicamente, el único espacio donde una mujer podía acceder al saber. Y las dos se toparon con el mismo muro. El poder que oculta, que censura, que archiva en secreto lo que le incomoda y llama prudencia a lo que en realidad es miedo.
Sor Juana lo dijo con una claridad que sigue resonando: «En perseguirme, mundo, ¿qué interesas? / ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento / poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en bellezas?». No quería adornarse con el conocimiento como quien se pone un collar. Quería entender, simplemente eso. Es la reivindicación más elemental de cualquier época, el derecho a saber lo que te afecta, sin intermediarios que filtren ni expedientes que desaparezcan entre papeles.
Eso es también lo que ha reclamado el Bajo Aragón durante décadas. Que se sepa cuántos médicos faltan, qué carreteras se olvidan, qué proyectos se aprueban y por qué. Un territorio que pierde población aprende a desconfiar del silencio administrativo, porque casi nunca es inocente.
La palabra secreto de sumario lleva meses sobrevolando estas comarcas. El caso Forestalia, con sus expedientes presuntamente amañados, sus permisos medioambientales bajo sospecha y su macroproyecto eólico en el Maestrazgo partido en trozos pequeños para eludir controles, se instruye ahora entre Teruel y la Audiencia Nacional, con múltiples frentes abiertos. El territorio lleva años pidiendo transparencia. Que los expedientes no viajen por despachos oscuros.
Entonces como ahora, el problema no es el conocimiento en sí, sino a quién se le permite tenerlo y quién decide qué permanece en la sombra. Sor Juana y Ana Abarca de Bolea lucharon contra quienes reservaban el saber para unos pocos. Los vecinos del Bajo Aragón llevan años luchando contra quienes decidieron, al parecer, que los permisos para transformar su paisaje también eran cosa de unos pocos.
Lo más grave no es solo la corrupción, sino el lugar donde ocurrió. Un territorio con poca gente y poca voz merece más transparencia, no menos. La España vaciada no es solo un problema demográfico, es también un problema de quién vigila a quién.
La diferencia es que en el siglo XVII los conventos no tenían juzgados de instrucción, hoy sí.
Este abril, mientras San Jorge se acerca con sus libros y sus rosas, vale la pena recordar a estas dos mujeres que hicieron del pensamiento su forma de resistir. Y exigir, como ellas, que lo que afecta a todos sea conocido por todos.
El saber no tiene sexo ni comarca. Pero la oscuridad, esa sí que elige dónde instalarse.
Jorge Herrero. Papel y pixel

