Puedo arrancar esta columna hablando de una fotografía de 1937 que para mi madre era un tesoro que le hacía saltar las lágrimas. En ella aparecen, posando frente a un edificio rural, su padre y un numeroso grupo de huertanos. También su hermano Rafael, que moriría en el frente de Lérida pocos meses después de que alguien, que no sabemos quién fue, tomara esa fotografía.
1937, Guerra Civil. Medieros huertanos junto al amo viudo y sus dos hijos. Caspolinos huidos al campo, protegiéndose mutuamente de la tragedia. Y entre esos campesinos, un tío abuelo del personaje del que quiero hablar hoy: Antonio Poblador, fundador en los años 70 de El Vivero de Abel e inventor y propulsor de la Poda Aragonesa 4.0 ya en el siglo XXI.
No deja de ser curioso que, cuando fundó su vivero, le puso el nombre de su primer hijo recién nacido. Pero el destino tenía dispuesto que, pese a ese detalle de amor filial, quien iba a seguir la vocación viverista del padre sería su segundo hijo, Roberto.
Como ven, en esta columna que quiere hablar de la llamada Poda Aragonesa 4.0, no dejo de irme por las ramas. Esas sobre las que Antonio Poblador tanto ha pensado, hasta conseguir dominarlas con su poda heterodoxa, que ahora comienza a conocerse en lugares tan diferentes y lejanos de Aragón como Chile o Australia.
Os parecerá mentira, pero es verdad: hasta Caspe y su Visit Hotel vienen ingenieros agrónomos y empresarios agrícolas para ver e informarse de la Poda Aragonesa 4.0. Y Antonio y Roberto son reclamados para dar charlas y conferencias en países hasta cuyo sector agrícola ha llegado la noticia de la susodicha poda, compacta y mecanizada.
Una foto entrañable, llena de rostros campesinos y de tristes recuerdos, tomada en 1937 por alguien que no sabemos quién fue, me sirvió de germen para esta columna, pues en aquella instantánea en blanco y negro aparece un tío abuelo del creador de la Poda Aragonesa 4.0, y me ha servido para imaginar el mundo como un juego de casualidades en el que la necesidad, el trabajo, el viento y la luz del Bajo Aragón han servido a un agricultor caspolino con raigambre para descubrir una innovadora maravilla: la Poda Aragonesa 4.0 de El Vivero de Abel.
Alejo Lorén

