Es normal que la gente no acepte los cambios que se hacen en las calles.
Del ser humano se dice que es «un animal de costumbres», y eso se ve en los momentos en que se plantean cambios.
Vamos a hablar de la calle Gumá de Caspe. Mi padre, que vivía en las «Afueras de la Balsa», o sea, en terreno que quedaba más allá de la prolongación de la calle de la Balsa, que era la que recibiría el nuevo nombre de Gumá, recordaba que, cuando se decidió su prolongación, se le decía al alcalde, don Fermín Morales, que «para qué hacerla tan ancha».
Aparte de querer hacer una calle amplia, mandaban dos cosas: las escalerillas de la puerta de acceso al interior de la Balsa —que estaban a la altura de la entrada lateral de la ahora Cafetería Aragón— y, por el otro lado, las verjas del jardín y edificio de La Rosaleda. Claramente, esos dos elementos marcaban objetivamente la anchura de la calle, que, como muchas de nueva construcción, comenzó a llenarse con edificios a uno y otro lado y extremo, sin más orden que el de la ocasión o deseo por construir de los propietarios de los terrenos.
De hecho, hasta los años 60 casi no había casas en el lado de los impares, siendo aquello, durante muchos años, un desmonte escalonado de bancales que bajaban desde el Plano.
Decía que los cambios en las calles son difíciles de asimilar, y es que nunca se me olvidarán las protestas que se hicieron en Madrid, poco después de mi llegada en 1962, por parte de todos los comerciantes de las calles Carmen y Preciados, cuando el Consistorio madrileño decidió hacerlas peatonales. «Nos van a hundir el negocio», decían todos los propietarios de las tiendas. Y fue todo lo contrario.
Caspe no es Madrid, pero el rechazo al cambio ante un nuevo planteamiento urbano es el mismo aquí que allí. Tenemos que recordar, además, que en todas las ciudades y pueblos se tiende ahora a dar prioridad al peatón frente al automóvil, haciendo que la mayoría de las calles de los cascos clásicos sirva más para caminar que como garajes o vías de circulación fácil y rápida.
Lo que debemos de pedir los caspolinos es que de estas molestas obras veraniegas salga una calle de aceras amplias, servicios de cableado, abastecimiento y desagüe bien soterrados; frondosos árboles que den sombra; y agradables farolas, maceteros, bancos y papeleras. Mucho cuidado con todos esos elementos.
En eso sí debe esmerarse nuestro Consistorio. Pues, si no, se lo criticaremos severamente.
Alejo Lorén. De cal y arena


Buenas sr Loren, me gustaría preguntarle porque firma con ‘de cal y arena»
un saludo
Carmen de alcorisa