Silencio, pausa. La ausencia de sonido reina entre las calles de nuestros pueblos, un silencio mayor al que estábamos acostumbrados a finales del mes de julio: momento en el que la rutina se rompía con los reencuentros y la preparación de las ansiadas fiestas patronales.

Ahora, mientras nos hacemos preguntas al aire sobre qué pasará mañana, es inevitable recordar el repicar de las campanas, las charangas, los correteos infantiles, las jotas y los petardos que anunciaban el comienzo de las fiestas. Durante estos días me sorprendo extraña recolectando recuerdos estivales, esos en los que lo más sencillo resultaba extraordinario. ¡Mira que no quería ponerme intensa en estas líneas! Pero es algo que resulta complicado en estas fechas: ¿Quién nos iba a decir que íbamos a echar tanto de menos bailar un pasodoble? O, simplemente, poder abrazar a nuestros abuelos o tomar unas cervezas en la plaza.

Estoy segura de que esta es una reflexión que, junto a muchas otras, nos ha acompañado en los últimos meses ¿no? Por ello, ahora es el momento de hacer frente a la incertidumbre y comenzar a crear los recuerdos a los que querremos volver con cariño dentro de unos años. En un tiempo echaremos de menos haber aprendido a vivir con menos, a conocernos mejor o a pasar más tiempo en casa. Quién sabe, igual, hasta más de una persona echa de menos llevar mascarilla y el olor del gel hidroalchólico.

Sea como fuere, es el momento perfecto para decidir qué memorias construir. Si algo está en nuestras manos ante la incertidumbre, es el poder de tomar decisiones que recordaremos como extraordinarias el próximo verano. Porque, por muy grande y complicado que nos parezca algo, todo pasa. Como el mensaje que el monarca del cuento sufí «El anillo del rey» encarga a los sabios de su reino para que pueda acudir a él en momentos de desesperación:»Esto también pasará».

Isabel Esteban