En España, incluso aquí cerca, sin salir de Aragón, tenemos una asignatura pendiente y un problema que atajar ya. Es el hecho de que cualquier hablante, en su día a día, pueda tener problemas, señalamientos o genere sorpresa por ser escuchado hablando catalán en Zaragoza o Zamora; ser escuchado en euskera en Madrid; hablando castellano de Murcia en Bilbao o que uno de Cretas o de La Ginebrosa hablando su catalán o chapurriau sea señalado en un partido de fútbol o en un bar de Alcañiz por ello, por hablar su lengua. «Hablan indio» llegué un día a escucharle en Zaragoza a un señor que encima pretendía alquilar un piso a unos estudiantes de Beceite que se pusieron a hablar entre ellos.

Son episodios anecdóticos, pero siguen sucediendo. En ninguna ciudad de nuestro país señalan a un turista por ir hablando francés, alemán e inglés por la calle, pero en cambio sí ocurre con nuestros idiomas. Es anecdótico, pero sigue sucediendo. También hay que decir que con algunos idiomas más que con otros. El gallego se libra un poco de esa, a veces ira, hacia el resto de idiomas españoles. Incluso vemos con total normalidad cómo casi todos los partidos políticos -lo hemos visto en la última campaña electoral gallega- lo utilizan igual que el castellano, con total normalidad. Cosa que no sucede, repito, en otros lugares y que es un error. Para presentarte y ganar unas elecciones en un lugar, tienes que hablar como la gente que te va a votar, y/o ser de verdad ilusionante y bueno, pero ese también es otro tema.

Me gusta decir que España es una nación de países o país de países, en el sentido más global y particular respectivamente. Ojo. No confundir esta expresión con el disparate de «estado plurinacional». Ni quien defiende esa ocurrencia sabe luego explicar en qué ‘pluri o internación’ quedaría Logroño, Cáceres o Uviéu. Pero volviendo al tema -que en ese follón ya nos meteremos otro día- montarle una trifulca a alguien, hacer burla, violentar e incluso amedrentar a un ciudadano por escucharle hablar en un idioma de nuestra nación diferente al castellano debería de erradicarse. Es un claro acto de odio y además endofobo. A todos nos viene a la cabeza esa patética imagen de una señora que, en una manifestación precisamente contraria al ‘procés’, recriminaba a un político -Manuel Valls para ser exactos-: «¿Está hablando catalán?», cuando estaba hablando en francés. Mucha ira es lo que existe hacia según qué idiomas.

Estos actos además de denotar ignorancia son la excusa perfecta precisamente para dar argumentos a quienes no se sienten representados por este país. Es más, creo que aquellos buscan ese argumento. Casi nadie discute la riqueza cultural y de dialectos del castellano o español. Pero en demasiadas ocasiones parece que haya que justificarse «per parlar». No es tan difícil entender que tan español es Joan, como Xuan, Chuan, Juan y Jon.

Javier de Luna