Los incendios de este verano han vuelto a demostrar que proteger nuestros montes exige proteger primero a quienes se juegan la vida en ellos. Mientras pueblos como Peñarroya de Tastavins, La Cerollera o Ejulve comienzan el largo camino de retirar madera quemada y recuperar el paisaje, los bomberos forestales reclaman algo tan elemental como poder desarrollar su trabajo con seguridad, medios suficientes y unas condiciones laborales dignas.

Se trata de una cuestión de seguridad pública. Jornadas que superan las veinte horas, cuadrillas incompletas, vehículos envejecidos, descansos insuficientes y plantillas incapaces de responder con garantías cuando coinciden varios grandes incendios dibujan un escenario preocupante. Aragón posee una enorme superficie forestal y, sin embargo, los estudios comparativos disponibles la han situado como la comunidad con menos efectivos de extinción en relación con las hectáreas de monte que deben proteger.

Hace falta contratar más personal, completar las cuadrillas durante todo el año, renovar vehículos, mejorar parques y bases y reconocer profesional y salarialmente la peligrosidad y especialización de quienes combaten el fuego. Y hace falta hacerlo antes del próximo incendio, no después.

La responsabilidad corresponde en primer término al Gobierno de Aragón, competente en prevención y extinción forestal. Debe negociar con los trabajadores, establecer una planificación estable y convertir las promesas en presupuestos, plazas y equipamientos. Pero tampoco puede ignorarse una realidad estructural, y es que prestar servicios públicos en una comunidad extensa, poco poblada, montañosa y con miles de hectáreas forestales resulta especialmente costoso.

Por eso Aragón debe reclamar también al Gobierno central una financiación autonómica que contemple de manera efectiva factores como la dispersión, la superficie, la orografía y el coste real de proteger el territorio. La solidaridad entre españoles también consiste en garantizar que vivir en un pequeño municipio rodeado de monte no implique disponer de una protección inferior frente al fuego.

Cada hectárea que arde tarda décadas en recuperarse. Cada pueblo amenazado comprueba hasta qué punto depende de quienes llegan con una autobomba, una herramienta y demasiadas horas acumuladas. Dignificar a los bomberos forestales es invertir en seguridad, territorio y futuro.

Editorial.