La renovación de las estructuras directivas de CEOE Teruel, CEPYME Teruel y CEAT Teruel adquiere un marcado acento bajoaragonés. La llegada de Daniel Giner, natural de Alcañiz, y de Vicente Ariño, de Calanda, simboliza algo más que un cambio generacional; de hecho, representa la irrupción de una forma de entender la empresa desde el territorio.
Ambos representan una generación que ha crecido sabiendo lo que implica emprender en el territorio. No desde la teoría, sino desde la práctica diaria de sostener una actividad económica en un entorno con limitaciones evidentes vinculadas al menor acceso a servicios, dificultades logísticas y mercados más estrechos. Esa vivencia aporta legitimidad, pero también eleva el nivel de exigencia.
Durante demasiado tiempo, el relato empresarial ha tendido a homogeneizar problemas que, en realidad, son profundamente territoriales. No es lo mismo emprender en un entorno urbano que hacerlo en el Bajo Aragón. Y, sin embargo, las políticas y estrategias han sido, en muchas ocasiones, uniformes. La presencia de Daniel Giner y Vicente Ariño en puestos clave abre la puerta a corregir esa desconexión.
El reto principal sigue siendo el relevo generacional y encontrar personal para completar las plantillas de las pymes de nuestros municipios. En el Bajo Aragón, como en buena parte de la provincia, muchas empresas desaparecen no por inviabilidad, sino por falta de continuidad. Aquí es donde el liderazgo de Daniel Giner y Vicente Ariño debe traducirse en acciones concretas para facilitar la transmisión de negocios, reducir trabas administrativas y reforzar redes de apoyo entre emprendedores.
Pero hay un segundo frente igual de relevante. La apuesta por las ayudas al funcionamiento, impulsada desde CEOE Teruel, no puede convertirse en un fin en sí mismo. Su utilidad dependerá de su capacidad para generar crecimiento real. Es decir, para atraer nuevos proyectos, modernizar los existentes y fijar población.
El Bajo Aragón cuenta con activos suficientes para liderar este cambio. Alcañiz, como polo industrial, y Calanda, con su tejido de autónomos, ofrecen ejemplos de dinamismo que pueden extenderse al conjunto del territorio. Pero eso exigirá coordinación, visión estratégica y una interlocución firme con las administraciones.
Esta renovación abre una oportunidad para una generación que ha decidido quedarse y asumir responsabilidades. El desafío ahora es convertir esa experiencia en liderazgo efectivo y en oportunidades tangibles para el medio rural.
Editorial.

