No consigo apartar de mi mente la imagen de un cachorro abandonado en el río Guadalope. Vuelve y vuelve, como rumiación constante. Así que lo comparto, a ver si vuela. Estaba dentro de una caja, a pleno sol, como si alguien hubiera decidido que aquella vida pequeña podía quedar allí, suspendida entre el calor, el agua cercana y la suerte. La publicó APAP, la protectora de animales. La primera fotografía ya dolía bastante: un cachorro tierno, desvalido, con esa fragilidad de los seres que aún no han aprendido a temer del todo al mundo. El perrito, acurrucado, con esa indefensión que nos desarma porque todavía no sabe protegerse de casi nada. Esa fragilidad nos devuelve la pregunta sencilla de qué hacemos con quien depende de nosotros, con los vulnerables, con la bondad y la empatía.
Al avanzar entre las imágenes, llegó el horror real, concreto, físico, insoportable. Los gusanos comían el lomo del animal desde dentro. La imagen provocaba repulsión física, asco visceral, rechazo nervioso. Era de esas que tensan la mandíbula y obligan a apartar la vista, aunque algo dentro sepa que precisamente por eso habría que mirar. Era la típica foto que no queremos encontrar entre nuestros algoritmos de Instagram, tan acostumbrados a ofrecernos vacaciones idílicas, recetas saludables y mensajes motivacionales sobre fondos luminosos. Pero ahí estaba, real como la sed, como el miedo y el dolor de un animal indefenso encarcelado en una pesadilla.
Hay imágenes como esta que atraviesan. Se me quedó clavada en algún lugar incómodo de la memoria, allí donde guardo aquello que impide dormir. Me desveló la noche del miércoles y me obligó a pensar en la crueldad, entendida no como un arrebato monstruoso, sino como la incapacidad de sentir empatía ante el dolor ajeno. Como inhumanidad. Impiedad. Volvía como una pulsión primitiva y violenta de quien sabe lo que hace y, aun así, lo hace, porque antes ha reducido al otro a cosa, a carga, a estorbo. Crueldad es mirar a un ser vivo y, en vez de vida, ver molestia; es cerrar una caja no solo sobre un cachorro, sino sobre la propia conciencia, y alejarse confiando en esa vieja coartada del «ojos que no ven». Es evitable, es una decisión de alguien que pudo hacer otra cosa y eligió esta. Y eso es lo más brutal de la crueldad normalizada, su aparente sencillez. No hace ruido. Basta una caja, un río, una tarde de calor y una espalda que se aleja. Toda la vida ha sucedido, pero ahora está penado por la ley.
Las voluntarias de APAP hablaban de dolor desgarrador, de gritos de sufrimiento, de agotamiento mental. ¿Cómo se sostiene una persona que una y otra vez recoge lo que otros han tirado? Su trabajo es admirable, sí, pero esa palabra se queda corta. Lo suyo es resistencia diaria ante una crueldad que no descansa. Junto a la crueldad, asoma la solidaridad. Somos capaces de abandonar a un cachorro en una caja y también de rescatarlo, cuidarlo y desvelarnos por salvarle la vida; de jugarnos la piel por apagar un monte. Destruir y construir.
Le di vueltas a escribir sobre muchos otros temas. De la piscina o la playa, de las sandías o los huertos, del calor y los incendios, de la maldita y malograda N-232, de mil reivindicaciones sanitarias o educativas, de ruralidad, de política, de democracia, de corrupción o del final de la campaña de la renta. Pero este inicio de julio, al cerrar los ojos, solo veía eso. Gusanos comiéndonos por dentro. Pensé que la crueldad no siempre llega con rostro de monstruo. A veces tiene manos normales, pasos tranquilos y alguien que vuelve a casa creyendo que no ha pasado nada. Nuestra humanidad se mide ahí; en cómo tratamos a la vida pequeña, frágil, a veces incluso incómoda, que depende de nosotros cuando nadie nos está mirando.
Eva Defior. Sexto Sentido

