La evolución del incendio originado este domingo en Peñarroya de Tastavins mantiene en vilo a los vecinos de la zona y el resto del Bajo Aragón Histórico. Cuando ocurre un suceso como este, difícilmente se olvida, tanto quienes deben desalojar sus casas, los que trabajan en su extinción e incluso aquellos que siguen su evolución a través de una pantalla.
El domingo, el humo negro fue alertando poco a poco a los vecinos. También lo hizo el mensaje ES-Alert que recibieron en Monroyo, Fuentespalda y Ráfales. En el hotel Torre del Marqués jamás habían tenido que desalojar a huéspedes y trabajadores, mientras que en el templo budista de Monroyo las llamas se extendieron hasta las propias puertas de la instalación.
Este lunes, los esfuerzos se centran en evitar que el fuego siga su curso hasta los Puertos de Beceite. Por el momento, no ha habido daños humanos, en gran parte por la gran implicación y rápida respuesta de los efectivos. Más de 300 continúan en la zona, y a ellos también se suma la labor de los voluntarios. Porque la catástrofe ha vuelto a demostrar que la colaboración vecinal no tarda en llegar en estos casos, con vecinos preparando bocadillos y agricultores creando cortafuegos con sus tractores.
Pero, aun así, el incendio también vuelve a poner sobre la mesa problemas que se llevan alargando demasiado en el tiempo, como la precariedad de los bomberos y largas jornadas de trabajo. Urge encontrar soluciones y poner en valor su trabajo cuando todavía se está a tiempo. Especialmente de cara a unos veranos más calurosos y, por ende, problemáticos.
Editorial.


La seguridad aérea se ha conseguido a base de catástrofes: cada accidente es analizado minuciosamente para averiguar las causas y poner los medios necesarios para que no vuelva a ocurrir.
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Todos sabemos lo que hay que hacer en los bosques para evitar los incendios y en los ríos para evitar las inundaciones, pero nunca se hace nada.
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