Los antiguos griegos solían tener un gran respeto por la ira de los dioses, aunque también temblaban ante sus defectos, como la lujuria, la vanidad o la crueldad gratuita. Muchos creían que la guerra de Troya la provocaron los del Olimpo porque estaban hartos del griterío, el desequilibrio y el bullicio de los mortales. Era una manera de diezmar a unos vecinos tan molestos. Para los babilónicos el Diluvio fue cosa de los dioses ante el aumento de la población humana y su mal comportamiento. Casi todas las mitologías conocidas, desde la asiria, a las nórdicas o a las hindúes o las aborígenes australianas o norteamericana califican de «castigo divino» las hambrunas, la peste, las sequías y epidemias que reducían a la población, ya sea a causa de las vidas impías y destructivas de los humanos o por los daños que éstos infligían a los bosques, los ríos o las montañas.

En el fondo, las metáforas mitológicas esconden grandes verdades naturales: la ruptura del equilibrio de la naturaleza, en algunos de sus aspectos, por la labor codiciosa y depredadora del hombre. Hay una constante en los males que la Naturaleza nos inflige de una u otra manera: todos son respuestas directas o indirectas a esa falta de respeto que el ser humano mantiene hacia la Naturaleza, a la que no considera un sujeto de derechos cuya violación redunde a la larga -o a la corta- en el bienestar humano. Nos consideramos el ser supremo de la creación, para el que mares, ríos, lagos, montañas, bosques y la flora y fauna que existen en el planeta están a nuestro servicio y son el objeto de nuestras necesidades, caprichos y estupidez depredadora. En clave mitológica, el virus que nos aflige y de la manera con que se extiende y actúa, parece una reacción de la «ira deorum».

Spinoza, el filósofo que sigue una tradición que empieza con Tales de Mileto («todo está lleno de dioses») y se extiende a Wittgenstein o a Russell entre otros, considera que si hay algo divino en este planeta es la propia Naturaleza en todas sus manifestaciones. A pesar del peor virus que existe para su supervivencia: el humano, ese animal letal capaz de las mayores grandezas y las mayores ruindades.

Alberto Díaz Rueda – Escritor y periodista