A veces la belleza nos inunda y nos confunde. Provoca en nosotros un sentimiento tan difícil de definir que llega a desbordarnos. El mundo, con sus prisas y sus gritos injustos, enmudece de golpe, desaparece. Y nos descubrimos pequeños, aunque inmensamente afortunados. Ocurre así, de repente, y puede pillarnos en cualquier lugar, en cualquier circunstancia. Es curioso porque en esos casos lo demás deja de existir por un momento.
Los problemas, propios y ajenos, se esfuman y parece que en el universo solo queda la belleza y nosotros, que nos limitamos a observarla siempre desde fuera. Hace ya unos meses visité la Escuela Museo Origami de Zaragoza, más conocida como la EMOZ. Era última hora de la tarde y la ciudad se antojaba oscura y fría. Llegué al edificio que la acoge serpenteando por calles poco transitadas y con el cansancio cotidiano que acompaña habitualmente a quien lleva todo el día fuera de casa cumpliendo con el horario laboral. La EMOZ se encuentra en la segunda planta del Centro de Historias, un lugar que impresiona, como la mayoría de los museos con los que cuenta la capital aragonesa. Una vez allí me sorprendió el silencio, que llenaba y ocupaba por completo cada sala del edificio, especialmente el gran hall de la entrada.
Tras subir a la segunda planta entré a la Escuela Museo propiamente dicha. Me sumergí en ese momento en un mundo en el que nunca antes había reparado, el del origami. Su historia, en la que Aragón y el Grupo Zaragozano ocupan un interesante lugar, volvió a demostrarme una vez más cuántas disciplinas me son aún ajenas. A mi mente llegó entonces una frase que leí hace tiempo como un relámpago fugaz y luminoso. Esa cita dicta que todos somos ignorantes, solo que ignoramos cosas diferentes. Cuánta razón.
Andaba yo masticando estos pensamientos cuando me topé con la belleza o, al menos, con aquello que yo consideré como tal. Hacía mucho que no me ocurría. El magnetismo de una de las piezas de papel me atrapó. Colgada en una de las paredes de la exposición, era una especie de cuadro en volumen, muy trabajado y con una luz que hacía resaltar cada uno de los centenares de pliegues que el artista había considerado y ejecutado.
No recuerdo si en ese momento se escuchaba algún hilo musical, todo me parecía silencioso, delicado, enigmático, bello. Me costó despegarme de esa obra, dediqué minutos a observarla y a intentar determinar por qué me parecía tan sumamente bella. Ni que decir tiene que la exposición contaba con decenas de obras de estilos variados, y que todas resultaban curiosas. Pero algo me inclinó hacia la otra, de corte abstracto. Me descubrí entonces pequeña, minúscula, pero tremendamente afortunada.
Alicia Martín

