La pandemia ha vuelto a revelar a la mujer como un pilar clave en el sostenimiento del medio rural, a la vez que ha situado el foco de nuevo en el enorme camino que queda aún por recorrer para alcanzar la igualdad real en los roles y estereotipos, así como en la autoexigencia con la que cargan las mujeres. En el medio rural su papel es especialmente relevante por su enorme vinculación a los cuidados, representados, tanto a nivel doméstico como laboral, por una amplia mayoría de mujeres. Las plantillas de las residencias de mayores, por ejemplo, están copadas por mujeres que trabajan para el cuidado de los ancianos. Han atravesado un verdadero calvario estos meses, en muchas ocasiones ni recompensado ni reconocido. También en los centros escolares y en los hospitales, donde su labor ha sido clave para superar los peores momentos de incertidumbre. Asimismo en los hogares, la conciliación familiar y el «teletrabajo» con los hijos en casa durante meses han sido tremendos retos con una enorme sobrecarga que ha puesto en evidencia que, en general, es la mujer la que lleva una pesada mochila, a veces voluntariamente, otras no.

El Día Internacional de la Mujer ayer, 8-M, ha de servir para reivindicar políticas de igualdad reales. En este año de pandemia han sido exiguas las ayuda a la conciliación y las voces dentro de la propia administración que han reclamado una perpectiva de género en las decisiones adoptadas para contener la pandemia o paliar sus daños. Lo mismo sucede ahora con los planes de recuperación. La destrucción de empleo femenino supera con creces al masculino, especialmente porque ocupan puestos de trabajo más frágiles y baratos. Asimismo se ha ahondado en la precariedad, y 9 de cada 10 contratos temporales son de mujeres. A nivel local es cierto que se han impulsado planes como «Concilia» en Alcañiz o iniciativas de otro tipo en ayuntamientos de la zona, pero el riesgo de regresión en materia de igualdad es preocupante. El viernes se pintaron los pasos de cebra alcañizanos con lemas de apoyo a la igualdad y fueron saboteados. Pese a que sea una minoría quienes no comprenden la necesidad de caminar en esa dirección, hay que seguir trabajando en una pedagogía que impida avanzar en el espacio público a quienes desde la intolerancia y el inmovilismo atacan un feminismo que no puede silenciarse. Es un camino sin retorno en el que es necesaria la participación conjunta de mujeres y hombres.

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