Son las ocho de la tarde y no hay nadie por la calle. Hace frío, llueve y he vuelto a olvidar el paraguas. Las UCI están colapsadas, hay toque de queda, los bares echan la persiana y yo vuelto a pisar un charco. Vale, reconozcámoslo, no estamos en nuestro mejor momento.

Los contagios suben tanto como las cifras del paro, la tensión social comienza a estallar en forma de revueltas callejeras y el confinamiento vuelve a nuestras vidas. Mientras tanto yo, siempre con la prisa, busco resguardo de la que está cayendo en el primer lugar que veo abierto cuyo cartel luminoso me invita a tomar una «pausa».

De repente el tiempo se para. Un ambiente cálido, cómodo y oscuro me calma. En la penumbra, luces intermitentes iluminan la ávida mirada de un veinteañero inclinado sobre una máquina tragaperras y, poco a poco, comienzo a entender. Comprendo por qué los casos de ludopatía han amentado alarmantemente durante la pandemia de la COVID y por qué, precisamente, los jóvenes son el sector que queda atrapado en esta especie de tela de araña.

La incertidumbre, precariedad o soledad componen la «tormenta perfecta» para la adicción al juego. Y de repente no entiendo por qué aquí sirven bebidas y yo no puedo tomar un café en el interior de un bar. Por qué existe un trato de favor para empresas que fomentan un problema social y de salud pública como es la ludopatía. Por qué todo esto en un momento en el que, precisamente, todos tenemos claro que la salud es lo más importante.

La oscuridad me está confundiendo. Salgo sin despedirme. Al volver a casa me cruzo con varios salones de juego y escucho que desde el Ministerio de Consumo y Administraciones se va a restringir la publicidad de los juegos de azar y vuelvo a comprender por qué ahora es necesario que desde las administraciones se proteja a los más vulnerables ante esta adicción.

Isabel Esteban