Una pared ocupa unos 10 centímetros de grosor si es un tabique y en torno a 20 si soporta alguna carga estructural. Si usted tiene las manos de tamaño estándar, se podría decir que se trataría tan solo de un espacio de entre medio palmo y palmo y medio. Esa es la distancia que separa nuestra intimidad de la del vecino, osea, nada. Si su vivienda fue construida durante el boom inmobiliario, es probable que esos estándares sean menores y su vecino oiga hasta cuando enciende el microondas. 

En mi caso, por ejemplo, oigo cuando el vecino se va a trabajar por el sonido de la puerta al cerrar. Madruga mucho. Hoy eran las 6.45. Sé que es la hora del café cuando siento el ascensor porque los niños de abajo llegan del colegio. A las 15.30. Soy consciente de cuando los perros del Principal están solos; en torno a las 8.00. Conozco a quienes dedican su fin de semana a pasar la aspiradora. Sábado, 11.00. Sé todas esas cosas de mis vecinos y preferiría no hacerlo, la verdad, porque no quiero entrar en una intimidad que ellos no comparten intencionadamente. Sé que ellos conocen mis hábitos a mi también, claro. Cuando mi hija por las mañanas no quiere vestirse. 8.25. Cuando le da la locura del subidón tras la cena: 20.30. Cuando me voy a trabajar y llora. Se la oye desde la calle, a las 16.25. Cuando llego por la noche tras el cierre de edición y subo andando las escaleras: 22.30. No es que seamos ruidosos, de hecho nos definiría como bastante prudentes y respetuosos, pero es inevitable. El 99% de quienes habitan en pisos oyen de forma constante a sus vecinos en sus rutinas.

El año pasado los juzgados recibieron 168.057 denuncias por violencia de género en España. Durante este confinamiento en Aragón se presentaron 847 denuncias. Casi todas fueron realizadas por las propias víctimas, el 74%; un 21% por la Policía y solo el 1,3% por un familiar o persona que vivía cerca. Así, podemos constatar de forma vergonzante que estamos silenciando la violencia contra las mujeres y los niños desde hace años.

Oímos pero no escuchamos. Las mujeres gritan cuando les pegan, los niños lloran desconsoladamente, los insultos traspasan cualquier muro de carga. Los principales organismos competentes en violencia machista están pidiendo a los vecinos que denuncien. Hoy he recibido un video de la DPZ con esta reflexión que pone los pelos de punta. Una mujer que recibe una paliza en la cocina mientras el vecino escucha música en los auriculares; una joven de la que sus amigos se mofan en las redes por cómo se le mueve el pecho al correr; una niña a la que el padre grita e insulta con violencia al llegar de trabajar porque está jugando con los playmobil en el suelo del salón. Tras un momento de empatía en el rellano y ver la cara amoratada de la mujer, el vecino denuncia a través de una llamada telefónica. «Las paredes oyen y ayudan» es el eslogan.
El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer es el martes, 25-N, y nos van a golpear las tremendas cifras de un dolor y una muerte intolerable en nuestra sociedad. En los pueblos, donde la contaminación sonora es casi nula, la nitidez con la que nos llega el sonido de este sufrimiento es aplastante. Hay una buena forma para detenerlo. No hace falta hacerse el héroe ni tirar ningún tabique. Nunca ha habido una manera más sencilla de derribar este muro de hormigón. Llamar al 016. 

Eva Defior