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Cierto es el típico tópico dicho del quince de agosto. El merecido descanso estival de los ciudadanos se hace presente, más si cabe, en estas fechas de verano. El pronunciado calor de estas intensas semanas nos hace que nos planteemos seriamente lo del cambio climático, por si no lo teníamos claro.

Por un lado, es triste ver los campos totalmente secos, y lo que cambian de un año de lluvias, aunque de eso ya ni me acuerdo a vistas de la falta de agua, haciendo a la vez patente la imperiosa necesidad de la obra, tantas veces prometida, de la elevación de aguas a nuestro Bajo Aragón, uno de las principales medidas que generarían un asentamiento de la población y desarrollo económico más que notable.

La agricultura, en esta zona, donde sus trabajadores se esfuerzan para mejorar campañas hace, que por culpa del clima, vean que su recompensa está siempre supeditada a las previsiones meteorológicas.

De hecho es curioso que las aplicaciones de los móviles sean lo primero que se visite diariamente, con el fin de que estas den el espaldarazo necesario para recoger la cosecha deseada.

Pero al contrapunto de esto, se ve en los pueblos la imagen «ficticia», de la gente que en su día llenaban los municipios.

Los pueblos llenos de aquellos que, por circunstancias, ahora puestas de manifiesto hacen que la pesadilla de la emigración, repique como las campanas en nuestra memoria.

De la alegría de las calles, los coches, los niños, los balones y las bicicletas, pasemos a el silencio, las calles vacías, y tener que quedar para vernos.

En definitiva, y que sirva de seria petición urgente, a nuestros gobiernos en funciones y en posesión, que somos pocos, que no necesitamos tanto, aunque sí nos necesitamos entre todos, y que la paradoja del quince de agosto sea algo para recordar y no para que se nos recuerde.