Nadie nos hace más daño que nosotros mismos. El patrimonio cultural es un bagaje que heredamos y transmitimos colectivamente. Si tomamos como punto de partida el año 1200, en nuestro pueblo se acumuló una gran cantidad de documentación, de vestigios históricos y de obras de arte. Valderrobres construyó su historia y adquirió fisonomía propia. La historia se estructuró en torno a la generación de documentos escritos. La imagen se basó en un núcleo medieval, que tuvo sucesivas fases expansivas, iniciadas con la construcción del conjunto formado por el castillo y la iglesia, que durante siglos han presidido el pueblo sin ningún tipo de oposición visual, hasta convertirse en imagen de marca.

La documentación histórica local, formada por el archivo municipal, los archivos notariales y los registros de propiedad, fue destruida por algunos valderrobrenses en 1933. El castillo se deterioró por la falta de uso de sus propietarios y por el expolio al que le sometieron los lugareños, nuestros antepasados. El último tramo de la iglesia se derrumbó por el desacuerdo entre las autoridades locales y eclesiásticas. El tesoro religioso fue aniquilado y/o usurpado casi en su totalidad por otra parte de los paisanos, bien asesorados por foráneos en 1936. El casco medieval pudo sobrevivir, más por sus dificultades de habitabilidad que por el interés de mantenerlo intacto. En fin, ¡es para estar orgullosos!

Ahora estamos en la cresta de la ola. Para algunos, somos un modelo, pero también podemos acabar muriendo de éxito. La recuperación y la conservación del patrimonio y de la documentación histórica es una incuestionable obligación moral con nuestros antepasados que lo generaron y contra los que lo destruyeron y también con nuestros descendientes que han de gozar del derecho de verlo y conocerlo. El crecimiento del turismo es bueno, pero solo hasta el punto en que no perdamos nuestro encanto y que no interfiera en la vida cotidiana; se puede seguir creciendo, pero desestacionalizadamente, porque la masificación nos vulgarizaría. Cuidado porque, cuando hay prosperidad, siempre hay personas dispuestas a hacer negocios, aunque sea a costa del patrimonio. Lo dicho, nadie puede hacernos más daño que nosotros mismos.

Manuel Siurana