La Iglesia ortodoxa griega tiene una orden llamada monjes hesicastas, tipos aislados dedicados a la meditación y las labores del campo, que practican supuestamente una disciplina llamada “onfaloscopia” que consiste en pasarse las horas con la mirada fija en el propio ombligo y la mente absorta en rezos reiterativos e interminables. El ombligo (ónfalos), nexo de unión con la vida es, para esos hombres, la puerta a la excelencia espiritual (cosa que, con todo mi respeto, dudo mucho que logren con esa postura de cabeza caída y forzamiento de las cervicales, a no ser alguna alucinación provocada por la postura de la cabeza).

Pues bien hay personas, muchas, demasiadas, que se convierten a lo largo de su vida en ocasionales onfalocéntricos: cuando uno se mira constantemente el propio ombligo pierde de vista al resto del mundo, la realidad que les rodea, están obsesionados consigo mismos, con sus intereses y objetivos y lo demás les preocupa una higa.

Un repasito a las hemerotecas de este último año marcado a fuego por el covid nos muestra una preocupante tendencia nacional al onfalocentrismo. Desde la señora presidenta de los madriles, al generalísimo de los independentistas catalanes, pasando por nuestro presidente del Gobierno, por sus díscolos socios y por la nada leal oposición (dejando al margen por pudor a los innombrables que se apropian de dos símbolos esenciales del país: la voz del pueblo y la bandera de la nación).

Todos son pertinaces onfalocéntricos. Con la mirada bifocal puesta, uno, en sus cargos y prebendas, personales y del partido, y  el otro foco en la gestión del covid, hacia el que se han cometido errores, dislates, barbaridades y pequeños aciertos para compensar la (disculpable por la novedad) ignorancia supina de la seriedad del virus y de la precariedad de nuestra sanidad (a la que en febrero el señor Sánchez calificaba de “excelente” mientras presumía de un  equipo de expertos asesores epidemiólogos que sólo estaban en su imaginación).

Pero resulta que, en términos generales y con las debidas excepciones, el pueblo hispano ha mostrado igual género de onfalocentrismo. Nuestra respuesta ha sido folklórica (muchos creían que con aplaudir cada día a las ocho cumplían con los sufridos sanitarios)  y timorata por un lado y absolutamente ignorante y desafiante por el otro. Ha habido quien ha presumido de nuestra superioridad racional y moral sobre el resto de Europa: seguimos siendo “la reserva espiritual de occidente”, mientras los ciudadanos autonómicos –unos más que otros y no doy nombres- se consideraban a sí mismos a años luz del resto de los  atrasados ciudadanos del país. Puro ombliguismo renuente a la realidad, donde se constataba una brutal carencia de medios sanitarios, personal e instalaciones y los contagios y fallecimientos alzaban el vuelo. Como publicó un colega, “un delirio nacional-narcisista-onfaloscópico”.

No sólo eso, somos reos de la máxima idiotez social: no hemos aprendido nada del confinamiento y de la casuística de los contagios. Tras la primera ola, desde los botellones a las fiestas familiares, conmemoraciones más o menos oficiales y prácticas populares de todo tipo (esas playas llenas hasta los topes, los montes invadidos, las carreteras desbordadas y los pequeños pueblos asaltados) se ha procedido como si el covid hubiese sido dominado y la mirada general se volvió  a centrar en el ombligo propio de los gustos e intereses.

Y ahora que se cree (sin pensar que una creencia no es un conocimiento) que ya vamos a tener vacuna y que debemos centrarnos en el desastre económico, todo el mundo comete dos errores de ombliguismo: que el covid está listo para sentencia y que hemos de ocuparnos sólo de hacer remontar el país.

Ni lo primero es cierto ni lo segundo es del todo correcto si no se tiene en cuenta algo de lo que nadie parece percatarse (nuevo signo de onfaloscopia): una cuestión de prioridades. El empleo, la protección de los sectores empresariales castigados por la pandemia, los problemas de supervivencia de un amplio sector de la población, la enseñanza…si, por supuesto. Pero priorizen también algo que se nos pasa una vez más y que ya no admite parches: el fortalecimiento esencial de la sanidad pública del país. Medios –desde mascarillas y medicamentos a respiradores), personal (atraigan a enfermeras y médicos que se han ido a trabajar fuera por precariedad laboral), instalaciones (hospitales, unidades UCI, ambulancias) y un concierto legalizado de cooperación con la sanidad privada…Capaciten al país para tener una respuesta pronta y eficaz a lo que, sin duda, nos va a venir encima en un  próximo futuro (hay informes científicos abundantes, nada sospechosos de alarmismo infundado, que están avisando de ello, como ya advirtieron de que iba a ocurrir lo que ha sucedido). Señores políticos, dejen de mirarse el ombligo de lo propio y de lo inmediato (sobre todo lo que da derecho a imagen en los telediarios) y comiencen desde ahora a dotar al país de una capacidad sanitaria adecuada. Eso sería actuar con dos dedos de frente: una respuesta correcta y global a una amenaza global y real. Y fíjense que eso es sólo la punta del iceberg. Otro día podemos analizar la debilidad sistémica para afrontar pandemias: desde la detección y evaluación pandémica, la manipulación política de datos, los bulos sociales y paracientíficos, hasta el debilitamiento de la solidaridad, la irritación y desconfianza hacia el poder o la falta de liderazgo.

Alberto Díaz Rueda – Escritor y periodista