—¿Y qué pasa con mis sueños?
—Las mujeres no tenemos sueños. Tenemos marido.

Esta escena, aun sacada de Los Bridgerton, refleja la perspectiva que, por tradición, ha rodeado a la mujer. Esa que deja a un lado sus propias creencias y sueños, y se centra en ser soporte en el hogar y estar al cargo del cuidado de los hijos.

El año pasado surgió el movimiento bautizado como tradwife, nacido de los términos traditional y wife [‘tradicional’ y ‘esposa’], en inglés. Esta tendencia, muy extendida a través de las redes sociales, se enfoca en romantizar el rol que, tradicionalmente, se ha asignado a la mujer.

En la actualidad, es acogido de manera voluntaria por chicas que siguen una estética muy similar a la de las amas de casa de la década de 1950 en Estados Unidos. En ella, se muestran vídeos, por ejemplo, de cómo hacer pan 100 % casero, con un horno antiguo de leña, mientras hay una cuadrilla de niños pequeños intentando llamar la atención de su madre. Es un contenido que se percibe como idílico, también por la forma en la que los vídeos son editados y subidos a la red.

No obstante, el problema viene cuando es algo impuesto por otros o cuando es presentado como la única forma correcta para las mujeres. Últimamente, está teniendo lugar un debate, que realmente no se debería ni tener en valor, con el voto de la mujer.

Al parecer, en la autodenominada «primera democracia del mundo», hay sectores de la sociedad, entre los que se encuentran algunas de estas tradwives, que piden el voto por hogar. Es decir, derogar el voto universal en favor del sistema de un voto por familia. Con este sistema, los ciudadanos, en concreto, las ciudadanas, perderían su derecho al voto para que lo pudiera ejercer su marido, como último decisor del hogar.

No es negativo querer dedicarte a tu familia y a tu casa, priorizando estos sobre otros aspectos de tu vida; el problema llega cuando se pretende imponer desde arriba. También hay otro problema bastante llamativo y es que, cuando hay que recortar en derechos, comienzan siempre por los de la mujer, por mucho que hayan esgrimido la idea de que estos están asegurados.

Un claro ejemplo es Afganistán, donde está habiendo un intento de borrar a la mujer de la escena pública. Los derechos a votar, estudiar, trabajar o decidir sobre nuestra independencia económica o nuestro propio cuerpo pueden verse comprometidos y cuestionados rápidamente.

No debemos quedarnos en la idea de que nuestros derechos están garantizados, sino que debemos ejercerlos y defenderlos. Siempre.

Eva Bielsa