Vivimos en sociedades complejas en las que confluyen diferentes estadios de evolución ideológica y social del ser humano. Tras una larguísima etapa histórica en la que lo religioso lo determinaba todo en todas partes, se abrió camino (desde incluso antes del siglo XVIII) otras formas de explicar la incertidumbre humana, que prescindían de ideas ancestrales, en las que, en consecuencia, se pretendía eliminar aquellas viejas ideas transcendentes sobre las que se basaba, hasta entonces, la certidumbre humana: las religiones. Incluso se llegó a verbalizar «Dios ha muerto», y en consecuencia se sacó de la vida social la religión para sustituirla por el laicismo agnóstico y el libre pensamiento.

Pero como no todas las sociedades han evolucionado de igual manera y, sin embargo, se han mezclado (Caspe es ya un ejemplo de ello), nos encontramos con que tienen que convivir quienes siguen poniendo en lo más alto sus creencias, el intangible religioso basado en la tradición y en la revelación, con los que, definidos como materialistas, ponen en ese lugar la libertad de expresión y el libre pensamiento.

En éste proceso nos hemos olvidado -unos y otros- de la tolerancia. Podríamos decir que, defendiendo la libertad de expresión, no hemos tenido en cuenta el derecho de quienes desean creer en el mito y encuentran consuelo en lo religioso.

Unos por sentirse con derecho a no poner límite a su libertad y de esa manera no tener que respetar las creencias de otros (que son millones), y algunos de estos otros por ser intolerantes y fanáticos (confundiendo -por ejemplo- el signo con el objeto) han llegado a la ignominia de matar por sentir ofendidas unas creencias que, en el fondo de las mismas, condenan quitar la vida. Hemos llegado, en definitiva, a lo que ha ocurrido en Francia con las caricaturas de Mahoma.

Es difícil razonar el asunto. La libertad de expresión es un derecho; pero también debe considerarse que ha de haber un respeto hacia las creencias más profundas de los demás. Y si no existe ése respeto es porque se ha olvidado la importancia que para las sociedades ha tenido de antiguo -y sigue teniendo- lo religioso, aunque se adentre en el terreno de lo irracional.

Como nadie tiene hoy certidumbres (la Covid 19 lo ha puesto bien de manifiesto), ni ninguna doctrina moderna las da, los hay que se agarran todavía al sentimiento religioso, y si son intolerantes, locos o fanáticos pueden llegar a cometer las barbaridades que estamos viendo han ocurrido en Francia, país que proclama «la Igualdad, la libertad y la fraternidad». Apelo al viejo imperativo categórico: no desees para los demás lo que no quieres para ti. Y, por otra parte, digo: pon límite a tu libertad cuando con ella ofendas profundamente a otros. Tal vez el mundo vaya mejor así.

Alejo Lorén