Después de dos salidas a pasear por la ribera con mi hijo, he vuelto a casa tanto el domingo como el lunes contenta por el paseo, pero indignada por lo que he visto y sentido en mis propias carnes.

Domingo a las 9.30. Prácticamente solos, un par de mamás con sus pequeños y varias personas con sus perros sueltos en distintos tramos. Un perro vino corriendo y ladrando hacia nosotros. “No hace nada”, dijo su dueña (cosa muy discutible ya que siempre he  tenido perros en el campo y he visto reacciones diversas) y así fue. Otros dos perros vinieron tranquilamente a olisquearnos.

Lunes a las 18.30. Un señor baja de la Rda. Caspe con su perro atado y al llegar al paseo del río lo suelta. El perro sale corriendo hacia nosotros, mi hijo en bici y yo a su lado paramos, el perro se le sube a mi hijo, luego a mí y de regalo un lametón en el brazo. “Sólo quiere jugar”, me dice el dueño. Le respondo que “mejor lo ate que hay niños y se pueden asustar”. Sigue como si nada. Le diría que yo he jugado muchos días con mis hijos encerrados en casa.

Me indigna que después de 43 días en casa confinados con nuestros hijos no podamos salir a pasear tranquilamente.  

Si tenemos que mantener la distancia de seguridad con otras personas y niños, ¿por qué tiene que venir un animal suelto a pisarme y lamerme? Sobre todo, en las circunstancias que vivimos actualmente ¿Quién me asegura que ese perro no puede contagiarme con su contacto de coronavirus?

Un respeto a los que estamos en nuestro derecho de pasear, los perros hay que llevarlos atados.

Quiero aclarar que no tengo ninguna fobia a los perros, como he comentado anteriormente, tengo perro en el campo.

Cristina Martínez García – Alcañiz