Aragón Sonoro ha cerrado una edición de récord. Más de 12.000 personas han pasado durante tres días por una programación que ha llenado simultáneamente calles, plazas y recintos de Alcañiz. La venta de pulseras VIP ha aumentado un 10 %, Sidecars agotó las entradas en Pui Pinos y la ciudad volvió a demostrar su capacidad para albergar un acontecimiento musical de primer nivel. Por tanto, se puede considerar el proyecto consolidado y en plena evolución.

Su principal singularidad es también su mayor fragilidad, dado que buena parte del festival es gratuita y se desarrolla en espacios públicos. En un panorama donde asistir a varios conciertos exige desembolsos cada vez más elevados, Aragón Sonoro acerca la música en directo a cualquier persona, con independencia de su capacidad económica. Permite descubrir nuevos grupos, visibiliza el talento aragonés y convierte el centro urbano en un gran escenario compartido. Esa apertura no es un elemento accesorio, sino la esencia que debe protegerse.

El Ayuntamiento de Alcañiz aporta 100.000 euros, una cantidad considerable que demuestra su compromiso y que debe valorarse. Sin embargo, el crecimiento del festival exige revisar su modelo para garantizar que pueda continuar sin que todo el esfuerzo recaiga sobre las arcas municipales ni sobre la promotora. El éxito alcanzado justifica buscar una implicación mayor del Gobierno de Aragón, la Diputación Provincial de Teruel y otras instituciones vinculadas a la cultura, el turismo y la vertebración territorial. Aragón Sonoro lleva el nombre de la comunidad, atrae visitantes y genera actividad económica en alojamientos, bares, restaurantes y comercios.

También conviene explorar una colaboración público-privada más ambiciosa, con patrocinadores que encuentren en el festival un escaparate atractivo. Incluso podría estudiarse mantener gratuita la programación de calles y plazas y reservar el pago para alguna actuación concreta de mayor coste, como ya ha sucedido con éxito en Pui Pinos. No se trataría de privatizar el festival, sino de diversificar sus ingresos sin desnaturalizarlo.

La advertencia del promotor sobre la continuidad de la organización no debe pasar inadvertida. Después de siete ediciones y una respuesta creciente del público, Aragón Sonoro necesita certezas, planificación y un acuerdo estable entre administraciones y sector privado. Alcañiz posee algo difícil de conseguir: un festival reconocible, querido y diferente. Ahora toca sostenerlo para que crecer no termine convirtiéndose, paradójicamente, en la causa de su desaparición.

Editorial.